danie
solo un pensamiento...
Son noches presumidas que revelan la cortina
de las pestañas somnolientas;
son vigilias de los sueños que caen
sobre los ojos y sus pupilas,
que crean un manto de precipitaciones densas,
de ilusiones como eslabones que se aferran
a la cama y su oriundo cuerpo
trasnochado y conmovido
Son noches encumbradas en las glorias
de las cronologías de las vidas consumidas;
son noches que se miran en el espejo
y ven los vidrios rotos del destino,
también, sobre la ventana de la mente:
ven las plazas desoladas,
los castillos abandonados,
las lactancias huérfanas,
los ríos secos por las lágrimas estreñidas,
que desembocan en las fauces del mutismo.
Son noches que toman formas de espectros
y deambulan por el cuerpo exiliado de la utopía,
por ese cuerpo que busca vehemente beber
del oasis fingido que nace en un légamo baldío.
Son noches que a pesar de recrear a la célebres quimeras,
traen con sigo las espinas
enajenadas de la culpa impía,
las cenizas de los rostros rancios
colmados de pretéritas alegrías
que exhuman al albor caído
y se mezclan con la sangre derramada
de las heridas.
Son noches al fin,
simplemente noches
que para algunos pocos
son sinónimos de redimir energías,
de pernoctar en el sosiego altivo,
y para otros, sólo encarnan
los voraces duelos con el pasado gélido
y su legado de sueños arrepentidos.
de las pestañas somnolientas;
son vigilias de los sueños que caen
sobre los ojos y sus pupilas,
que crean un manto de precipitaciones densas,
de ilusiones como eslabones que se aferran
a la cama y su oriundo cuerpo
trasnochado y conmovido
Son noches encumbradas en las glorias
de las cronologías de las vidas consumidas;
son noches que se miran en el espejo
y ven los vidrios rotos del destino,
también, sobre la ventana de la mente:
ven las plazas desoladas,
los castillos abandonados,
las lactancias huérfanas,
los ríos secos por las lágrimas estreñidas,
que desembocan en las fauces del mutismo.
Son noches que toman formas de espectros
y deambulan por el cuerpo exiliado de la utopía,
por ese cuerpo que busca vehemente beber
del oasis fingido que nace en un légamo baldío.
Son noches que a pesar de recrear a la célebres quimeras,
traen con sigo las espinas
enajenadas de la culpa impía,
las cenizas de los rostros rancios
colmados de pretéritas alegrías
que exhuman al albor caído
y se mezclan con la sangre derramada
de las heridas.
Son noches al fin,
simplemente noches
que para algunos pocos
son sinónimos de redimir energías,
de pernoctar en el sosiego altivo,
y para otros, sólo encarnan
los voraces duelos con el pasado gélido
y su legado de sueños arrepentidos.