Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
No duermo. No es insomnio—es otra cosa.
Una vigilia que se me pega al cuerpo como la humedad de madrugada. La noche no me deja irme.
Se me sienta al lado, callada, como si supiera cosas que yo todavía no entiendo. Camino por la casa sin hacer ruido,
como si alguien durmiera dentro de mí y no quisiera despertarlo.
Hay horas que no existen,minutos que no avanzan, y un silencio que no es paz,
es peso. La ciudad allá afuera respira bajito, pero aquí adentro todo hace eco. Pienso en lo que fui, en lo que no fui,
en lo que dejé a mitad como si la vida fuera algo que se puede pausar. A esta hora,
los recuerdos no piden permiso. Llegan. Se sientan. Y no se van.
Tu nombre, por ejemplo. Aparece sin tocar la puerta, se me queda en la boca, aunque no lo diga.
Y yo, yo sigo aquí,mirando el techo como si fuera un mapa de algo que ya no sé leer.
Noctámbulo, dicen. Pero no es que me guste la noche—
es que aquí nadie me exige ser fuerte. Aquí puedo estar roto
sin tener que explicarlo.
Aquí puedo pensar en ti sin tener que fingir que no importa. La madrugada tiene esa crueldad suave de mostrarte todo
sin distracciones. Y uno se queda así, de certezas, sosteniendo lo que duele , si fuera lo único que queda.
No duermo.
No todavía.
Tal vez porque sé
que cuando cierre los ojos…
todo esto
va a seguir aquí.
Una vigilia que se me pega al cuerpo como la humedad de madrugada. La noche no me deja irme.
Se me sienta al lado, callada, como si supiera cosas que yo todavía no entiendo. Camino por la casa sin hacer ruido,
como si alguien durmiera dentro de mí y no quisiera despertarlo.
Hay horas que no existen,minutos que no avanzan, y un silencio que no es paz,
es peso. La ciudad allá afuera respira bajito, pero aquí adentro todo hace eco. Pienso en lo que fui, en lo que no fui,
en lo que dejé a mitad como si la vida fuera algo que se puede pausar. A esta hora,
los recuerdos no piden permiso. Llegan. Se sientan. Y no se van.
Tu nombre, por ejemplo. Aparece sin tocar la puerta, se me queda en la boca, aunque no lo diga.
Y yo, yo sigo aquí,mirando el techo como si fuera un mapa de algo que ya no sé leer.
Noctámbulo, dicen. Pero no es que me guste la noche—
es que aquí nadie me exige ser fuerte. Aquí puedo estar roto
sin tener que explicarlo.
Aquí puedo pensar en ti sin tener que fingir que no importa. La madrugada tiene esa crueldad suave de mostrarte todo
sin distracciones. Y uno se queda así, de certezas, sosteniendo lo que duele , si fuera lo único que queda.
No duermo.
No todavía.
Tal vez porque sé
que cuando cierre los ojos…
todo esto
va a seguir aquí.