El cielo ha decidido despojarse de su peso,
y el asfalto, ese espejo negro y herido,
bebe la luz del semáforo como un vino amargo
que se derrama en el cauce de los pasos perdidos.
Hay un árbol que custodia el silencio del agua,
un gigante de sombra que no teme al naufragio,
mientras el viento, con su voz de fantasma,
dicta en las hojas un húmedo presagio.
Las líneas blancas —cebras de cal y de frío—
intentan unir dos orillas que el río separa,
y en el reflejo carmín de una luz que agoniza,
la ciudad se desnuda, nos mira a la cara.
No es solo lluvia; es el tiempo que se licua,
un rastro de llanta sobre el cristal del momento,
donde la mirada se vuelve una isla antigua
y el corazón, un eco que se lleva el viento.
Se detiene el mundo en este ángulo preciso
bajo el paraguas invisible de la memoria
donde cada gota es un verso sin compromiso
escrito en el libro borroso de nuestra historia.
y el asfalto, ese espejo negro y herido,
bebe la luz del semáforo como un vino amargo
que se derrama en el cauce de los pasos perdidos.
Hay un árbol que custodia el silencio del agua,
un gigante de sombra que no teme al naufragio,
mientras el viento, con su voz de fantasma,
dicta en las hojas un húmedo presagio.
Las líneas blancas —cebras de cal y de frío—
intentan unir dos orillas que el río separa,
y en el reflejo carmín de una luz que agoniza,
la ciudad se desnuda, nos mira a la cara.
No es solo lluvia; es el tiempo que se licua,
un rastro de llanta sobre el cristal del momento,
donde la mirada se vuelve una isla antigua
y el corazón, un eco que se lleva el viento.
Se detiene el mundo en este ángulo preciso
bajo el paraguas invisible de la memoria
donde cada gota es un verso sin compromiso
escrito en el libro borroso de nuestra historia.