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Nocturno lluvioso

SRH

Poeta fiel al portal
El cielo ha decidido despojarse de su peso,
y el asfalto, ese espejo negro y herido,
bebe la luz del semáforo como un vino amargo
que se derrama en el cauce de los pasos perdidos.

Hay un árbol que custodia el silencio del agua,
un gigante de sombra que no teme al naufragio,
mientras el viento, con su voz de fantasma,
dicta en las hojas un húmedo presagio.

Las líneas blancas —cebras de cal y de frío—
intentan unir dos orillas que el río separa,
y en el reflejo carmín de una luz que agoniza,
la ciudad se desnuda, nos mira a la cara.

No es solo lluvia; es el tiempo que se licua,
un rastro de llanta sobre el cristal del momento,
donde la mirada se vuelve una isla antigua
y el corazón, un eco que se lleva el viento.

Se detiene el mundo en este ángulo preciso
bajo el paraguas invisible de la memoria
donde cada gota es un verso sin compromiso
escrito en el libro borroso de nuestra historia.
 
El cielo ha decidido despojarse de su peso,
y el asfalto, ese espejo negro y herido,
bebe la luz del semáforo como un vino amargo
que se derrama en el cauce de los pasos perdidos.

Hay un árbol que custodia el silencio del agua,
un gigante de sombra que no teme al naufragio,
mientras el viento, con su voz de fantasma,
dicta en las hojas un húmedo presagio.

Las líneas blancas —cebras de cal y de frío—
intentan unir dos orillas que el río separa,
y en el reflejo carmín de una luz que agoniza,
la ciudad se desnuda, nos mira a la cara.

No es solo lluvia; es el tiempo que se licua,
un rastro de llanta sobre el cristal del momento,
donde la mirada se vuelve una isla antigua
y el corazón, un eco que se lleva el viento.

Se detiene el mundo en este ángulo preciso
bajo el paraguas invisible de la memoria
donde cada gota es un verso sin compromiso
escrito en el libro borroso de nuestra historia.
Me ha gustado como en ese preciso ángulo, el mundo parece detenerse bajo un paraguas invisible de memori, cada gota se transforma en un verso libre que escribe, sin compromiso, la historia borrosa de nuestras vidas, dejando al corazón como eco arrastrado por el viento.

Le envío un saludo desde mi humilde Habana
 
El cielo ha decidido despojarse de su peso,
y el asfalto, ese espejo negro y herido,
bebe la luz del semáforo como un vino amargo
que se derrama en el cauce de los pasos perdidos.

Hay un árbol que custodia el silencio del agua,
un gigante de sombra que no teme al naufragio,
mientras el viento, con su voz de fantasma,
dicta en las hojas un húmedo presagio.

Las líneas blancas —cebras de cal y de frío—
intentan unir dos orillas que el río separa,
y en el reflejo carmín de una luz que agoniza,
la ciudad se desnuda, nos mira a la cara.

No es solo lluvia; es el tiempo que se licua,
un rastro de llanta sobre el cristal del momento,
donde la mirada se vuelve una isla antigua
y el corazón, un eco que se lleva el viento.

Se detiene el mundo en este ángulo preciso
bajo el paraguas invisible de la memoria
donde cada gota es un verso sin compromiso
escrito en el libro borroso de nuestra historia.
En general suelo extenderme en los comentarios pero en este caso solo voy a decir que es excelente. Es hermoso tu trabajo.
Un poema que vive en las descripciones del entorno y del alma.
Felicitaciones.
 

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