acontista1967
Poeta recién llegado
NOCTURNO
Esta noche,
bajo un cielo atestado de candentes infiernos,
la luna no viene a ver.
Una escala de piedra culmina en la colina
en una enorme hoguera crepitante,
alternativamente recortada por párvulas siluetas danzarinas.
Los chicos han subido de la calle
en una algazara de demonios consortes;
han jugado a la guerra, a las facciones,
a ser buenos y malos,
olvidando a hurtadillas el fulgor de fervores,
de pugnas, de apetencias,
de secretas miserias de los que están en casa.
Intentando conjurar el rigor de las sombras
se han hecho con el fuego.
Un pájaro nocturno con ansiedad desgarra las aguas del silencio
que acecha en la tiniebla circundante;
aletazos viriles lo extravían por instantes
en las alturas negras que la fogata lame;
torna a rozar las lenguas con las alas
y un golpe ineludible lo clava en los rescoldos
tras hacerle exhalar un gañido terrífico.
En su lecho abrazado, un fúlgido celaje de brumas amarillas, se vislumbra,
y una esfinge en lo alto esgrime un acertijo a garrotazos.
Desde un hito anular de niños que se agitan,
como por una fuerza ajena gobernados,
le ha venido la eterna noche roja
a este trinante ovillo de plumaje nervudo.
El villorrio allá abajo murmura y centellea,
figurando el espejo de esta noche
por candentes infiernos atestada.
Padre no ha ido bien en sus asuntos,
rezonga su habitual facundia torva,
la emprendería contra sus críos de buena gana ahora
- si estuvieran en casa -,
pero esta noche triscan arriba en la colina, con el polvo y la sangre de un pájaro inmolado,
los dioses tutelares.
Esta noche,
bajo un cielo atestado de candentes infiernos,
la luna no viene a ver.
Una escala de piedra culmina en la colina
en una enorme hoguera crepitante,
alternativamente recortada por párvulas siluetas danzarinas.
Los chicos han subido de la calle
en una algazara de demonios consortes;
han jugado a la guerra, a las facciones,
a ser buenos y malos,
olvidando a hurtadillas el fulgor de fervores,
de pugnas, de apetencias,
de secretas miserias de los que están en casa.
Intentando conjurar el rigor de las sombras
se han hecho con el fuego.
Un pájaro nocturno con ansiedad desgarra las aguas del silencio
que acecha en la tiniebla circundante;
aletazos viriles lo extravían por instantes
en las alturas negras que la fogata lame;
torna a rozar las lenguas con las alas
y un golpe ineludible lo clava en los rescoldos
tras hacerle exhalar un gañido terrífico.
En su lecho abrazado, un fúlgido celaje de brumas amarillas, se vislumbra,
y una esfinge en lo alto esgrime un acertijo a garrotazos.
Desde un hito anular de niños que se agitan,
como por una fuerza ajena gobernados,
le ha venido la eterna noche roja
a este trinante ovillo de plumaje nervudo.
El villorrio allá abajo murmura y centellea,
figurando el espejo de esta noche
por candentes infiernos atestada.
Padre no ha ido bien en sus asuntos,
rezonga su habitual facundia torva,
la emprendería contra sus críos de buena gana ahora
- si estuvieran en casa -,
pero esta noche triscan arriba en la colina, con el polvo y la sangre de un pájaro inmolado,
los dioses tutelares.
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