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Nómadas-.

BEN.

Poeta que considera el portal su segunda casa
Puede haber lunas de ojos cansados

y desiertos en las oficinas con parásitos.

Un millar de elefantes puede trotar

sobre la tarima de los escenarios, donde

se visten de seda las monas más triviales.

Puede haber cansancio en los minerales

imperceptibles, aunque una sola moneda

ruede sin acierto, sobre la nieve y las aceras.

Hasta que el aburrimiento, abra manzanas

frescas en las lunetas partidas de los coches.

Y en las escalinatas de las catedrales, los abrigos

de piel de las señoras, profanen los senos y las

obligadas espigas, tiemblen en los soportales del heno.

Puede que exista un cielo indeterminado que cubra

el hielo aquí padecido, y que las nubes, concedan un agua

tan pura, que emita destellos de charcos y manos convencidas.

Aunque no haya nunca, tras estos desvelos,

sucintos dedos en las procesiones de orugas interminables,

o se escuche el rumor de las acacias moverse ligeramente.

Cumplan su designio los ojos febriles de la locura,

rueden en los hospitales otras claridades óseas,

que en la noche más fría, los pozos seguirán dormidos,

con la panza llena de serpientes.

©
 
Puede haber lunas de ojos cansados

y desiertos en las oficinas con parásitos.

Un millar de elefantes puede trotar

sobre la tarima de los escenarios, donde

se visten de seda las monas más triviales.

Puede haber cansancio en los minerales

imperceptibles, aunque una sola moneda

ruede sin acierto, sobre la nieve y las aceras.

Hasta que el aburrimiento, abra manzanas

frescas en las lunetas partidas de los coches.

Y en las escalinatas de las catedrales, los abrigos

de piel de las señoras, profanen los senos y las

obligadas espigas, tiemblen en los soportales del heno.

Puede que exista un cielo indeterminado que cubra

el hielo aquí padecido, y que las nubes, concedan un agua

tan pura, que emita destellos de charcos y manos convencidas.

Aunque no haya nunca, tras estos desvelos,

sucintos dedos en las procesiones de orugas interminables,

o se escuche el rumor de las acacias moverse ligeramente.

Cumplan su designio los ojos febriles de la locura,

rueden en los hospitales otras claridades óseas,

que en la noche más fría, los pozos seguirán dormidos,

con la panza llena de serpientes.

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Excelente poema, realmente espléndido. Enhorabuena amigo Ben. Saludos, felices días.
 

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