I
Abuelo, viejo sabio
sereno picapedrero
agricultor de semilla pródiga
tejedor de sombreros e ilusiones,
ya no están tus manos campesinas
para acariciar el rostro de la nostalgia;
te fuiste con la misma rapidez
que desciende la lluvia del tejado.
Hoy moras en el corazón de la tierra
al pie de un cerro
donde se amontona la niebla
como capullos de algodones y de espuma
para abrigar tu fría tumba,
y el Cojitambo sosegado
guardián eterno de tu eterno sueño
sentado está, a la diestra de sus piedras.
Papá grande...aquí estoy
te pertenezco,
soy tu arcilla palpitante
tu astilla que respira.
Ven abuelo para arar otra vez
la sementera de la esperanza,
ven a ver como la soledad
ha destrozado tu casa y tus acequias;
tu ausencia a provocado la estampida
no quedó nadie
solo tu nombre al borde del silencio.
II
Abuelo
allí están tus praderas huérfanas
el sol se devoró las mazorcas y las espigas,
el nogal que miraba hacia la loma
se suicidó al saber que no vendrías.
¡Ho abuelo!
llego al umbral de tu morada
y un escalofrío como velero náufrago
sacude los ríos de mi sangre
que es tu sangre,
fuego que consume
los clavos que te ataron a la muerte.
¡Ho abuelo!
viejo savio,
tenías la mirada de niño triste
y las manos endurecidas como el acero
para la conquista de los siglos;
viejo sabio y prudente
mis manos aun te esperan,
escapa de esas piedras
que te aprisionan el alma
y abrígame otra vez con tu poncho de rayas.
Abuelo, viejo sabio
sereno picapedrero
agricultor de semilla pródiga
tejedor de sombreros e ilusiones,
ya no están tus manos campesinas
para acariciar el rostro de la nostalgia;
te fuiste con la misma rapidez
que desciende la lluvia del tejado.
Hoy moras en el corazón de la tierra
al pie de un cerro
donde se amontona la niebla
como capullos de algodones y de espuma
para abrigar tu fría tumba,
y el Cojitambo sosegado
guardián eterno de tu eterno sueño
sentado está, a la diestra de sus piedras.
Papá grande...aquí estoy
te pertenezco,
soy tu arcilla palpitante
tu astilla que respira.
Ven abuelo para arar otra vez
la sementera de la esperanza,
ven a ver como la soledad
ha destrozado tu casa y tus acequias;
tu ausencia a provocado la estampida
no quedó nadie
solo tu nombre al borde del silencio.
II
Abuelo
allí están tus praderas huérfanas
el sol se devoró las mazorcas y las espigas,
el nogal que miraba hacia la loma
se suicidó al saber que no vendrías.
¡Ho abuelo!
llego al umbral de tu morada
y un escalofrío como velero náufrago
sacude los ríos de mi sangre
que es tu sangre,
fuego que consume
los clavos que te ataron a la muerte.
¡Ho abuelo!
viejo savio,
tenías la mirada de niño triste
y las manos endurecidas como el acero
para la conquista de los siglos;
viejo sabio y prudente
mis manos aun te esperan,
escapa de esas piedras
que te aprisionan el alma
y abrígame otra vez con tu poncho de rayas.