manuel prol
Poeta asiduo al portal
Un cielo gris, de plomo derretido,
se asoma a mis cristales.
Lo cabalgan centauros desbocados,
nubes negras que corren
por el viento azuzadas.
Ya no anidan los mirlos en la hiedra,
ya se han tornado de oro las hojas de los chopos,
ya no se balancean
en las ramas flexibles de los sauces
los pequeños gorriones revoltosos.
La piscina, en el centro del jardín,
ya no muestra su rostro azul cobalto.
Le han cubierto la cara,
cual si estuviese muerta,
con un sudario negro, funerario.
Y en la mesa de piedra,
anclada en un rincón umbrío,
ya no suenan los golpes de las fichas
del dominó en las tardes de domingo,
aquellas tardes anchas del verano.
Un halo melancólico
cubre el césped grisaceo del jardín,
abraza los parterres, ausentes ya de flores,
sube hasta mi balcón
e invade el alma.
Mientras tanto el ciprés,
solitario en su esquina,
sigue apuntando su saeta al cielo,
suficiente,
impasible,
altivo,
imperturbable.
se asoma a mis cristales.
Lo cabalgan centauros desbocados,
nubes negras que corren
por el viento azuzadas.
Ya no anidan los mirlos en la hiedra,
ya se han tornado de oro las hojas de los chopos,
ya no se balancean
en las ramas flexibles de los sauces
los pequeños gorriones revoltosos.
La piscina, en el centro del jardín,
ya no muestra su rostro azul cobalto.
Le han cubierto la cara,
cual si estuviese muerta,
con un sudario negro, funerario.
Y en la mesa de piedra,
anclada en un rincón umbrío,
ya no suenan los golpes de las fichas
del dominó en las tardes de domingo,
aquellas tardes anchas del verano.
Un halo melancólico
cubre el césped grisaceo del jardín,
abraza los parterres, ausentes ya de flores,
sube hasta mi balcón
e invade el alma.
Mientras tanto el ciprés,
solitario en su esquina,
sigue apuntando su saeta al cielo,
suficiente,
impasible,
altivo,
imperturbable.