Octaviano Mundo
Poeta recién llegado
Yo nací, despojado de las crestas de una nube.
Un áureo día;
Fuí la gota del racimo del rocío.
Resbalé, de entre los surcos de las arrugas de Dios,
Y en el caos, las raíces del barro me forjaron.
Una vez, andé sobre mis pasos con desprecio.
Tan sólo aquél océano, tan vasto, abría,
Cada noche mis carnes; y sus fuegos hendían
Una aguja, hurgando en lo mortal del sufrimiento.
Amé; me complací en lo que pude apreciar.
Dejé inacabado lo infinito de hallar.
Dejé, ignorante; pendiente, a mi alrededor el sentido.
Acompañé en el mudo eco del sueño a las piedras.
Me petrifiqué junto a ellas; me sumí cansado,
Buscando la paz donde la hube perdido.
Donde es eterna la mano que la belleza agarra;
En el caos, el viento, las nubes y el barro...
Un áureo día;
Fuí la gota del racimo del rocío.
Resbalé, de entre los surcos de las arrugas de Dios,
Y en el caos, las raíces del barro me forjaron.
Una vez, andé sobre mis pasos con desprecio.
Tan sólo aquél océano, tan vasto, abría,
Cada noche mis carnes; y sus fuegos hendían
Una aguja, hurgando en lo mortal del sufrimiento.
Amé; me complací en lo que pude apreciar.
Dejé inacabado lo infinito de hallar.
Dejé, ignorante; pendiente, a mi alrededor el sentido.
Acompañé en el mudo eco del sueño a las piedras.
Me petrifiqué junto a ellas; me sumí cansado,
Buscando la paz donde la hube perdido.
Donde es eterna la mano que la belleza agarra;
En el caos, el viento, las nubes y el barro...
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