Gino C.
Gino Cárdenas servirdor del romanticismo
En una orilla de juncos
le dije que la quería
desde la flor y la fe
y tiritaron los mundos
de todas esas esquinas
del alma de una mujer
Su cuerpo era de cristales
y el mes de agosto surgía
alrededor del ciprés.
Por las laderas de pinos
con hojas verdes y finas
la sombra vino a crecer
Salió la luna a alumbrarnos
la oímos tras las colinas
escalando para el placer
como un aliento de plata
sobre la paz de su alma
mostrando su desnudez
Ella guardaba en su boca
silencios de celo, chispas
y el fuego de Lucifer
Ella enjaulaba en su boca
gemidos de alma adictiva
y un beso para morder
con su saliva caliente
los labios rojos de arriba
y los de abajo también
mientras olía el entorno
húmedo con esas briznas
azules del anochecer.
Ella escondía en su falda
dos muslos en celosía
vehementes de placer
y en mi cabeza fraguaban
brasas de la adrenalina
del cálido acontecer
En sus dos ojos los galgos
hambrientos de amor mordían
a las presas de mi piel
Mis manos creaban lentas
corrientes de seda fina
por sus mejillas de miel.
Ella en mi helénico torso
suspiros de Diosa perdía
desde sus ojos sin ley
Sobre la cumbre de Venus
llena de noche adictiva
sin gobernante ni juez
Yo desvestía pecados
frutales de su blusa
y ella robó mi adultez
Con manos de vergonzosa
tan suaves como abrasivas
y maduras de niñez
Yo buscaba en su mirada
el sexo entre las costillas
coloradas de su tez
mientras besaba su cuello
en esa preciosa orilla
de nuestra primera vez.
le dije que la quería
desde la flor y la fe
y tiritaron los mundos
de todas esas esquinas
del alma de una mujer
Su cuerpo era de cristales
y el mes de agosto surgía
alrededor del ciprés.
Por las laderas de pinos
con hojas verdes y finas
la sombra vino a crecer
Salió la luna a alumbrarnos
la oímos tras las colinas
escalando para el placer
como un aliento de plata
sobre la paz de su alma
mostrando su desnudez
Ella guardaba en su boca
silencios de celo, chispas
y el fuego de Lucifer
Ella enjaulaba en su boca
gemidos de alma adictiva
y un beso para morder
con su saliva caliente
los labios rojos de arriba
y los de abajo también
mientras olía el entorno
húmedo con esas briznas
azules del anochecer.
Ella escondía en su falda
dos muslos en celosía
vehementes de placer
y en mi cabeza fraguaban
brasas de la adrenalina
del cálido acontecer
En sus dos ojos los galgos
hambrientos de amor mordían
a las presas de mi piel
Mis manos creaban lentas
corrientes de seda fina
por sus mejillas de miel.
Ella en mi helénico torso
suspiros de Diosa perdía
desde sus ojos sin ley
Sobre la cumbre de Venus
llena de noche adictiva
sin gobernante ni juez
Yo desvestía pecados
frutales de su blusa
y ella robó mi adultez
Con manos de vergonzosa
tan suaves como abrasivas
y maduras de niñez
Yo buscaba en su mirada
el sexo entre las costillas
coloradas de su tez
mientras besaba su cuello
en esa preciosa orilla
de nuestra primera vez.