AlejandroCifuente
Poeta recién llegado
Los tropeles de serpientes muerden mi noche cristalina. Ese pequeño espectro donde
la muchedumbre se entreteje como negros cadáveres en fuga
mientras un aliento turbio deshace los caminos que una vez gotearon en mi frente.
Ahí está el hospedado paisaje pagando su estadía de gorriones
con la mueca triste de los que empañan mi reflejo.
Y sin embargo su cuerpo de sombra aún habita las costas de nuestro mar más pacífico,
de los presos comprensivos que robaron un pedazo de este mundo para llenar las bocas
con el frio navegado de los silencios que tropiezan en la última galaxia.
Pero prefiero mojarme los dientes con una saliva de angustia
que poco conoce las pisadas de nuestros pasos más urgentes
y renace esta mañana como un espejo lacerando la tormenta,
como frutas arrancadas de nuestro intimo abandono.
Y desvestís los pájaros para endulzar las flores que nos robo la luna.
Y después… qué vendrá después del algarrobo, del tránsito perdido de los ojos,
de la madera que despide su corteza, de este invierno de las rosas penitentes,
de los soles congelados en el terciopelo de tu boca, nuestra boca de miel y de cenizas.
En todo caso, no importa que la nieve siga cayendo en lo más hondo de tu blanda piedra muerta
porque este prado cenagoso, de ataúdes bailarines sin espera, borrará nuestras últimas migajas.
la muchedumbre se entreteje como negros cadáveres en fuga
mientras un aliento turbio deshace los caminos que una vez gotearon en mi frente.
Ahí está el hospedado paisaje pagando su estadía de gorriones
con la mueca triste de los que empañan mi reflejo.
Y sin embargo su cuerpo de sombra aún habita las costas de nuestro mar más pacífico,
de los presos comprensivos que robaron un pedazo de este mundo para llenar las bocas
con el frio navegado de los silencios que tropiezan en la última galaxia.
Pero prefiero mojarme los dientes con una saliva de angustia
que poco conoce las pisadas de nuestros pasos más urgentes
y renace esta mañana como un espejo lacerando la tormenta,
como frutas arrancadas de nuestro intimo abandono.
Y desvestís los pájaros para endulzar las flores que nos robo la luna.
Y después… qué vendrá después del algarrobo, del tránsito perdido de los ojos,
de la madera que despide su corteza, de este invierno de las rosas penitentes,
de los soles congelados en el terciopelo de tu boca, nuestra boca de miel y de cenizas.
En todo caso, no importa que la nieve siga cayendo en lo más hondo de tu blanda piedra muerta
porque este prado cenagoso, de ataúdes bailarines sin espera, borrará nuestras últimas migajas.
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