Vivimos en un mundo desigual,
donde los niños buscan comida en la basura,
donde hay cuerpos durmiendo en las calles,
la educación, la salud, la comida
deberían ser derechos, no privilegios.
Quien trabaja más debería ganar más,
pero si eres mujer, las oportunidades se desvanecen,
como humo que se lleva el viento,
mientras los hombres dictan reglas que no cumplen.
Votamos por promesas que se vuelven mentiras,
y cuando caemos en la ruina,
esperamos que un extranjero nos salve,
pero nadie salva al que está en su propio país.
Estamos en contra del aborto,
pero ¿qué pasa cuando la violación toca a una hermana,
a una prima, a una madre?
El país se derrumba,
pero los debates giran en círculos vacíos.
Cada segundo una mujer muere,
cada día alguien roba para comer,
mientras los presidentes hablan de empatía,
pero nunca han cortado caña,
nunca han sentido el hambre que oprime el pecho
durante una semana completa.
Mandan a otros a morir por caprichos de poder,
lanzan bombas sin mirar atrás,
ignorando los niños que pierden familia,
ignorando los campos que arden por su codicia.
Los libros de historia registrarán nuestras lágrimas,
nuestros muertos,
las estupideces humanas que repetimos una y otra vez.
Nos vamos a otros países,
porque aquí quienes gobiernan no hacen lo necesario,
solo protegen a los que los pusieron arriba,
nos usan como mano de obra,
como carne para el consumo de los ricos.
El machete no sirve solo para cortar hierba,
ni la caña solo para alimentar estómagos,
nuestras manos no solo sirven para cosechar la tierra,
también sirven para levantarlas en señal de lucha.
Somos un pueblo.
Aguantamos dictaduras, guerras, hambre, dolor…
Si pasamos por tantas cosas y estamos hechos de dolor,
¿por qué no convertir ese dolor en lucha?
-Dior
donde los niños buscan comida en la basura,
donde hay cuerpos durmiendo en las calles,
la educación, la salud, la comida
deberían ser derechos, no privilegios.
Quien trabaja más debería ganar más,
pero si eres mujer, las oportunidades se desvanecen,
como humo que se lleva el viento,
mientras los hombres dictan reglas que no cumplen.
Votamos por promesas que se vuelven mentiras,
y cuando caemos en la ruina,
esperamos que un extranjero nos salve,
pero nadie salva al que está en su propio país.
Estamos en contra del aborto,
pero ¿qué pasa cuando la violación toca a una hermana,
a una prima, a una madre?
El país se derrumba,
pero los debates giran en círculos vacíos.
Cada segundo una mujer muere,
cada día alguien roba para comer,
mientras los presidentes hablan de empatía,
pero nunca han cortado caña,
nunca han sentido el hambre que oprime el pecho
durante una semana completa.
Mandan a otros a morir por caprichos de poder,
lanzan bombas sin mirar atrás,
ignorando los niños que pierden familia,
ignorando los campos que arden por su codicia.
Los libros de historia registrarán nuestras lágrimas,
nuestros muertos,
las estupideces humanas que repetimos una y otra vez.
Nos vamos a otros países,
porque aquí quienes gobiernan no hacen lo necesario,
solo protegen a los que los pusieron arriba,
nos usan como mano de obra,
como carne para el consumo de los ricos.
El machete no sirve solo para cortar hierba,
ni la caña solo para alimentar estómagos,
nuestras manos no solo sirven para cosechar la tierra,
también sirven para levantarlas en señal de lucha.
Somos un pueblo.
Aguantamos dictaduras, guerras, hambre, dolor…
Si pasamos por tantas cosas y estamos hechos de dolor,
¿por qué no convertir ese dolor en lucha?
-Dior
Última edición: