Alas de marioneta
Poeta asiduo al portal
Solo puedo recordar cuando tu piel
vivía envuelta entre mis huellas
y en un amanecer cualquiera, sin saber porqué
volvía a ser navidad aunque nos saltáramos la primavera.
Nos envolvíamos de besos de papel,
nos regalábamos abetos de hierbabuena,
y nos brindábamos copas, que de tanto querer,
queríamos que a las doce, fuera siempre nochevieja.
Pero un día miramos al reloj, yo no lo quise creer,
tu estabas de espaldas, como si no quisieras darte cuenta.
Los dos con la mirada triste, mirando la pared
y nosotros, con una primera lágrima entre las venas.
Eran las diez menos algo de un uno de no sé que mes,
y en lugar de dos corazones, dos pijamas se sentaban a la mesa.
Tu pan con mantequilla a la izquierda, al otro lado mi café,
mi servilleta sin tu carmín y mis labios, sin tu presencia.
Vestirnos a solas, salir juntos a la calle, casi sin querer,
mis manos en los bolsillos y las tuyas, agarrando una carpeta,
el silencio, la única conversación esperando el tren
y el ruido, la única excusa para no hablar de la tristeza.
Habían pasado veinte años, desde que me llamaste Amanecer
y yo bauticé tus ojos como Luna Llena.
Habían pasado veinte días desde la última vez
que me dijiste 'te quiero' y yo, te llamé 'mi reina'.
Habían pasado veinte horas desde que descubrimos que ayer
era el primer día de nuestra vida nueva,
tú, con tu mochila cansada de cada día un mismo otra vez
y yo, con la camisa manchada de cada noche una misma cena.
Nos dimos un tiempo, como si el tiempo se pudiera tener,
nos prometimos respeto, sin que hubiera promesas.
Nos vestimos de dos, nos desnudamos de querer,
pasaron veinte meses y de pronto, un almuerzo con velas.
El camarero, con gabardina. El cocinero, con guantes de piel.
Las sillas, con patas de elefante. Las lamparas, jaulas abiertas.
Al fondo del comedor, con letras luminosas, un gran cartel:
"se acabó la pesadilla" y en la puerta, un taxi sin puertas.
Que si subimos, pues claro, que íbamos a hacer,
nos dejó junto a la mesita, entre mis zapatillas y sus medias
y al abrir los ojos, un beso, un buenos días, un par de tés,
y como si nada hubiera pasado, de la mano, a la calle, que el día empieza.
Que es domingo, que hace sol, que la gente a salido a correr,
que los columpios están llenos, que crecen niños entre la hierba,
que las nubes están de viaje, que tenemos dos billetes para volver
a nuestro mundo de siempre querernos, porque al llegar, es siempre primavera.
vivía envuelta entre mis huellas
y en un amanecer cualquiera, sin saber porqué
volvía a ser navidad aunque nos saltáramos la primavera.
Nos envolvíamos de besos de papel,
nos regalábamos abetos de hierbabuena,
y nos brindábamos copas, que de tanto querer,
queríamos que a las doce, fuera siempre nochevieja.
Pero un día miramos al reloj, yo no lo quise creer,
tu estabas de espaldas, como si no quisieras darte cuenta.
Los dos con la mirada triste, mirando la pared
y nosotros, con una primera lágrima entre las venas.
Eran las diez menos algo de un uno de no sé que mes,
y en lugar de dos corazones, dos pijamas se sentaban a la mesa.
Tu pan con mantequilla a la izquierda, al otro lado mi café,
mi servilleta sin tu carmín y mis labios, sin tu presencia.
Vestirnos a solas, salir juntos a la calle, casi sin querer,
mis manos en los bolsillos y las tuyas, agarrando una carpeta,
el silencio, la única conversación esperando el tren
y el ruido, la única excusa para no hablar de la tristeza.
Habían pasado veinte años, desde que me llamaste Amanecer
y yo bauticé tus ojos como Luna Llena.
Habían pasado veinte días desde la última vez
que me dijiste 'te quiero' y yo, te llamé 'mi reina'.
Habían pasado veinte horas desde que descubrimos que ayer
era el primer día de nuestra vida nueva,
tú, con tu mochila cansada de cada día un mismo otra vez
y yo, con la camisa manchada de cada noche una misma cena.
Nos dimos un tiempo, como si el tiempo se pudiera tener,
nos prometimos respeto, sin que hubiera promesas.
Nos vestimos de dos, nos desnudamos de querer,
pasaron veinte meses y de pronto, un almuerzo con velas.
El camarero, con gabardina. El cocinero, con guantes de piel.
Las sillas, con patas de elefante. Las lamparas, jaulas abiertas.
Al fondo del comedor, con letras luminosas, un gran cartel:
"se acabó la pesadilla" y en la puerta, un taxi sin puertas.
Que si subimos, pues claro, que íbamos a hacer,
nos dejó junto a la mesita, entre mis zapatillas y sus medias
y al abrir los ojos, un beso, un buenos días, un par de tés,
y como si nada hubiera pasado, de la mano, a la calle, que el día empieza.
Que es domingo, que hace sol, que la gente a salido a correr,
que los columpios están llenos, que crecen niños entre la hierba,
que las nubes están de viaje, que tenemos dos billetes para volver
a nuestro mundo de siempre querernos, porque al llegar, es siempre primavera.