NUEVA YORK EN EL RECUERDO
Cuando la geografía de los cabellos hirsutos
extiende sus cordilleras fragmentando el mar abisal
cuando ya los dioses embravecidos
han vuelto al tranquilo refugio de sus conchas
entonces en la ciudad es la noche
y las falenas reparten sus parvas dosis de caricias
entre los amantes que se olisquean bajo las farolas
mientras sus pequeñas mascotas
son devoradas por cocodrilos en celo.
Extraños corazones en forma de crepúsculo
como huevos de avestruz que no han emprendido el vuelo
al tiempo que en el mar se instaura el nuevo orden
para clasificar los espesores del dolor sanguinolento
ese dolor acuoso que desmembra las alas de las gaviotas
se esparce desde la estatua de la Libertad
una cierta sensación de desamparo y refugio en el equinoccio
Por la noche lucen refulgentes los raíles de los tranvías.
Los hombres que han alcanzado su pródiga vejez
tejen frazadas de lana para obsequiar a los mendigos
Es el mañana que se asoma al viejo puente de hierro
para suicidar su pasado mientras el viento le arrebata el sombrero
Asombro de los vendedores de sandwiches
que arrastran como un pesado futuro las lecciones de solfeo
Amarillea el parque porque el sol le ha robado el verde
viejas trampas de hampones que se ríen con sarcasmo.
Llegan las melodías malditas desde los dormitorios públicos
hasta la medianoche la municipalidad las ofrece como lenitivo del hambre.
Orgullosamente altiva la ciudad emerge de los basureros
muchedumbres multicolores deambulan
sin atreverse a pernoctar en los edificios de acero y vidrio
Es el escalofrío silencioso que produce el sonido del saxofón.
Ciudad de sueño y de bruma construída a golpe de los latidos
de aquellos corazones en forma de crepúsculo.
Nueva York estalagmítico esputo ensangrentado
homenaje del nuevo Hombre a sus dioses
Ilust.: Getty Images.
Cuando la geografía de los cabellos hirsutos
extiende sus cordilleras fragmentando el mar abisal
cuando ya los dioses embravecidos
han vuelto al tranquilo refugio de sus conchas
entonces en la ciudad es la noche
y las falenas reparten sus parvas dosis de caricias
entre los amantes que se olisquean bajo las farolas
mientras sus pequeñas mascotas
son devoradas por cocodrilos en celo.
Extraños corazones en forma de crepúsculo
como huevos de avestruz que no han emprendido el vuelo
al tiempo que en el mar se instaura el nuevo orden
para clasificar los espesores del dolor sanguinolento
ese dolor acuoso que desmembra las alas de las gaviotas
se esparce desde la estatua de la Libertad
una cierta sensación de desamparo y refugio en el equinoccio
Por la noche lucen refulgentes los raíles de los tranvías.
Los hombres que han alcanzado su pródiga vejez
tejen frazadas de lana para obsequiar a los mendigos
Es el mañana que se asoma al viejo puente de hierro
para suicidar su pasado mientras el viento le arrebata el sombrero
Asombro de los vendedores de sandwiches
que arrastran como un pesado futuro las lecciones de solfeo
Amarillea el parque porque el sol le ha robado el verde
viejas trampas de hampones que se ríen con sarcasmo.
Llegan las melodías malditas desde los dormitorios públicos
hasta la medianoche la municipalidad las ofrece como lenitivo del hambre.
Orgullosamente altiva la ciudad emerge de los basureros
muchedumbres multicolores deambulan
sin atreverse a pernoctar en los edificios de acero y vidrio
Es el escalofrío silencioso que produce el sonido del saxofón.
Ciudad de sueño y de bruma construída a golpe de los latidos
de aquellos corazones en forma de crepúsculo.
Nueva York estalagmítico esputo ensangrentado
homenaje del nuevo Hombre a sus dioses
Ilust.: Getty Images.
Última edición: