El Arethra
Poeta recién llegado
He roto el pescuezo del ángel de la dicha,
soy la cosa que llora en los pantanos de la luna
y duerme en sembradíos de estacas y cabezas.
Amo el territorio de la bruma y de la nada,
mejor dicho,
no amo casi nada.
Los cielos baldíos y sin mácula de estrellas,
allí donde se enroscan las tormentas,
las montañas rusas muertas,
carcajadas incendiadas,
con los pies atornillados en el suelo.
Cuando sueño, soy el otro a quien yo temo,
soy intruso en la frontera,
un conejo encabritado entre las uñas
de mis propias manos.
Yo veo colosales buques negros
con sus velos fantasmales en cubierta,
mastodontes herrumbrados en la arena
de océanos vacíos como cuencas.
¿Donde habita el Cristo rojo?
donde quiera que se pudra ese cadáver,
soplará su aliento frío
en la espalda de todo su rebaño,
y de las tumbas descubiertas, el sonido,
los arrullos de cuna para ahogados.
Escribo en esta piedra que es la sombra
de mi negra duermevela
los versos de una noche azul hambrienta,
flor carnívora entreabierta,
y en lo alto mil dagas de cobalto.
Un sonido de puerta que se cierra,
y los relinchos de las máquinas del Diablo,
entonces, allá abajo, me imagino,
mi viejo corazón aprisionado,
hombres y caballos desollados,
entre cosas que se arrastran y musitan.
Escribo en esta piedra que es la sombra
De mi negra duermevela.
Nunca, nunca, nunca reinaremos
Pero algún glorioso día
con mi garganta y mi sexo
y los huesos de tu prole
construiremos un altar inenarrable.
soy la cosa que llora en los pantanos de la luna
y duerme en sembradíos de estacas y cabezas.
Amo el territorio de la bruma y de la nada,
mejor dicho,
no amo casi nada.
Los cielos baldíos y sin mácula de estrellas,
allí donde se enroscan las tormentas,
las montañas rusas muertas,
carcajadas incendiadas,
con los pies atornillados en el suelo.
Cuando sueño, soy el otro a quien yo temo,
soy intruso en la frontera,
un conejo encabritado entre las uñas
de mis propias manos.
Yo veo colosales buques negros
con sus velos fantasmales en cubierta,
mastodontes herrumbrados en la arena
de océanos vacíos como cuencas.
¿Donde habita el Cristo rojo?
donde quiera que se pudra ese cadáver,
soplará su aliento frío
en la espalda de todo su rebaño,
y de las tumbas descubiertas, el sonido,
los arrullos de cuna para ahogados.
Escribo en esta piedra que es la sombra
de mi negra duermevela
los versos de una noche azul hambrienta,
flor carnívora entreabierta,
y en lo alto mil dagas de cobalto.
Un sonido de puerta que se cierra,
y los relinchos de las máquinas del Diablo,
entonces, allá abajo, me imagino,
mi viejo corazón aprisionado,
hombres y caballos desollados,
entre cosas que se arrastran y musitan.
Escribo en esta piedra que es la sombra
De mi negra duermevela.
Nunca, nunca, nunca reinaremos
Pero algún glorioso día
con mi garganta y mi sexo
y los huesos de tu prole
construiremos un altar inenarrable.