Raul Matas Sanchez
Poeta adicto al portal
Observa, y si lo haces,
fíjate en el oscuro ditirambo de las nubes,
el perfume en todos los rincones,
los motores, los sifones, aquellas alcobas negras de hollín,
cuando bailamos en frente de fogatas,
en todas las tocatas, en frente de los sueños, de oscuros sueños de sangre,
candente y sofocante, reluciente,
cimbreante, como tus caderas repletas de cadenas,
de espuelas, de tensas esperas,
de muelas visibles, otras colgantes,
reptantes,
que regresan al constante y eternizante horizonte,
que se elevan en fumarolas de volcanes,
cuando canes se congelan en las calles de Pompeya,
aullando de dolor ante tanta ceniza candente,
ante el sino del Vesubio que los mira a todos amenazante,
esperando que la noche se apodere de las gentes,
de las mentes, de todo ser viviente.
Por eso, cuando fijes tu mirada en los lobos de la estepa,
permite que te llenen de aullidos,
de gemidos,
de suaves ladridos,
porque vienen de Pompeya,
regresan de la noche,
son los francotiradores de la especie,
el dulce recuerdo de ese lodo caliente,
esa especie saliente y efervescente,
cuando todo era silencio, después del Vesubio,
y esperaron siglos,
hasta su descubrimiento.
fíjate en el oscuro ditirambo de las nubes,
el perfume en todos los rincones,
los motores, los sifones, aquellas alcobas negras de hollín,
cuando bailamos en frente de fogatas,
en todas las tocatas, en frente de los sueños, de oscuros sueños de sangre,
candente y sofocante, reluciente,
cimbreante, como tus caderas repletas de cadenas,
de espuelas, de tensas esperas,
de muelas visibles, otras colgantes,
reptantes,
que regresan al constante y eternizante horizonte,
que se elevan en fumarolas de volcanes,
cuando canes se congelan en las calles de Pompeya,
aullando de dolor ante tanta ceniza candente,
ante el sino del Vesubio que los mira a todos amenazante,
esperando que la noche se apodere de las gentes,
de las mentes, de todo ser viviente.
Por eso, cuando fijes tu mirada en los lobos de la estepa,
permite que te llenen de aullidos,
de gemidos,
de suaves ladridos,
porque vienen de Pompeya,
regresan de la noche,
son los francotiradores de la especie,
el dulce recuerdo de ese lodo caliente,
esa especie saliente y efervescente,
cuando todo era silencio, después del Vesubio,
y esperaron siglos,
hasta su descubrimiento.
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