Los campos húmedos,fecundados con la semilla del semblante amor a la madre naturaleza,se desvanecen cuando el soberbio hombre de obtuso pensamiento intenta socavarlos con el vil arado de herrumbroso acero oxidado.Entonces,se inflama de ira nuestra necia y servil criatura de polvo hecha;con un alma de pétalos mustios que muestra ante la atenta mirada clarividente del Creador.Ruega sudoroso por un trabajo traicionero,que no hace más que violar las raíces profundas de las plantas que tienen,en su luminosidad divina,tanto derecho a crecer hacia el firmamento clareado por la luz portentosa del divino sol estival.Pero,cuando llegue la noche del cruel juicio,esa humanidad que,perezosa,espera amontonar sacos henchidos de áureo trigo,blasfemará por la tormentosa lluvia que pudrirá sus vacuas esperanzas de una tierra por germinar.