Es la hora de partir, ¡oh, abandonado!
Neruda
Ha encallado el reloj para decirnos
que ya es hora;
la hora de desatar las turbulencias
del ocaso
y desbocar los antiguos artilugios de la noche.
Es la hora en que la tarde
no acaba de inhumar sus amarguras
para morirse plenamente
ni acaba de instalar su desencanto
para olvidarse de sí misma y del dolor
que el día le ha provocado.
Es la hora en la cual
aún no llega la noche
para arrojar encima de las manos
las oscuras/serenas persianas de sus ojos.
Es la hora en que las aves
vuelven sobre sus propios pasos
hacia su territorio y fortaleza
cegadas por la fe
de que dejaron su nido envuelto en la confianza
de la fidelidad para su vuelo.
Y mientras que la noche se adueña de la tarde
y despierta el escorpión que llevo adentro
(carne de mi carne, cuchillo de mis propios mataderos)
para acabar conmigo como todos los días,
yo te escribo:
Es la hora del adiós tan convocado,
la hora en que se encuentra uno
desnudo
como arena
sin vestidos y sin duda
a pulso
inocultable
atrapado en el espejo
sin confabulación que valga.
Ésta es la hora.
Es ocioso decirlo.
Neruda
Ha encallado el reloj para decirnos
que ya es hora;
la hora de desatar las turbulencias
del ocaso
y desbocar los antiguos artilugios de la noche.
Es la hora en que la tarde
no acaba de inhumar sus amarguras
para morirse plenamente
ni acaba de instalar su desencanto
para olvidarse de sí misma y del dolor
que el día le ha provocado.
Es la hora en la cual
aún no llega la noche
para arrojar encima de las manos
las oscuras/serenas persianas de sus ojos.
Es la hora en que las aves
vuelven sobre sus propios pasos
hacia su territorio y fortaleza
cegadas por la fe
de que dejaron su nido envuelto en la confianza
de la fidelidad para su vuelo.
Y mientras que la noche se adueña de la tarde
y despierta el escorpión que llevo adentro
(carne de mi carne, cuchillo de mis propios mataderos)
para acabar conmigo como todos los días,
yo te escribo:
Es la hora del adiós tan convocado,
la hora en que se encuentra uno
desnudo
como arena
sin vestidos y sin duda
a pulso
inocultable
atrapado en el espejo
sin confabulación que valga.
Ésta es la hora.
Es ocioso decirlo.