Mujer, esta oda
va a decir mucho de ti, de nosotros;
pues somos tan comunes
como las lluvias en las selvas,
o como los propósitos de las ventanas.
Somos nativos de un vientre del mismo sexo,
y amamantados con su leche,
fuimos ángeles sueltos en nuestra infancia:
gateamos, hablamos, nos hicimos caminantes,
pero llegaron las órdenes de la pubertad
y desde entonces nos distinguimos.
Pudieras ser mi madre,
pudieras ser mi hermana,
o pudieras ser hecha de otra sangre,
como de hembra;
y es precisamente a esa
a la que me refiero en esta oda:
agua para mi garganta,
artista de la culpa,
demonio básico en la carrera del hombre,
cortina del hombre.
Todo este argumento tiene peso
y lo digo para que escuches mis verdades,
aquellas que pienso
y que son las más naturales.
Ahora, mujer, ¿me dirás que tengo razón?
¿Repasarás lo mencionado?
¿Buscarás comparaciones?
No preguntes nada, sólo acompáñame
en este camino trazado a nuestra medida,
escribamos la historia como amantes,
dejémonos llevar ingenuamente
bajo este concepto
que es el más seguido en el mundo.
Te ofrezco la cama
para compartir caricias,
y saludarnos
con una colisión de labios,
y para que tú misma
seas la esfera
en la celebración orgiástica.
Mujer, ¡qué más silencio!
¡Qué más amparo
medido con la agonía de la amistad!
Celebremos tu cuerpo
y demuéstrame cuán ágiles
se pronuncian las curvas que te arman.
Cómo convocarlas ante los ojos:
vasijas o lunas;
subidas a tu cuerpo
para cultivo o para admiración.
Para una edad fue el primer contacto de la boca,
pero sin embargo, es cálculo del hombre;
señales que preceden la entrada a tu cuello.
Valorar, valorar, es el verbo exacto
que fija la balanza de lo que ahora asumo.
Y es ahora, en esta hora,
que hemos tomado del púrpura su protagonismo
y consejo,
asumimos lo que antes era un pensamiento,
ejerciendo en cada segundo un movimiento cálido,
una vibración tan pura
entre especímenes,
con la única intención de saberse y de dedicarse
las pieles y las emociones.
Hemos agregado un nuevo término a nuestro léxico.
va a decir mucho de ti, de nosotros;
pues somos tan comunes
como las lluvias en las selvas,
o como los propósitos de las ventanas.
Somos nativos de un vientre del mismo sexo,
y amamantados con su leche,
fuimos ángeles sueltos en nuestra infancia:
gateamos, hablamos, nos hicimos caminantes,
pero llegaron las órdenes de la pubertad
y desde entonces nos distinguimos.
Pudieras ser mi madre,
pudieras ser mi hermana,
o pudieras ser hecha de otra sangre,
como de hembra;
y es precisamente a esa
a la que me refiero en esta oda:
agua para mi garganta,
artista de la culpa,
demonio básico en la carrera del hombre,
cortina del hombre.
Todo este argumento tiene peso
y lo digo para que escuches mis verdades,
aquellas que pienso
y que son las más naturales.
Ahora, mujer, ¿me dirás que tengo razón?
¿Repasarás lo mencionado?
¿Buscarás comparaciones?
No preguntes nada, sólo acompáñame
en este camino trazado a nuestra medida,
escribamos la historia como amantes,
dejémonos llevar ingenuamente
bajo este concepto
que es el más seguido en el mundo.
Te ofrezco la cama
para compartir caricias,
y saludarnos
con una colisión de labios,
y para que tú misma
seas la esfera
en la celebración orgiástica.
Mujer, ¡qué más silencio!
¡Qué más amparo
medido con la agonía de la amistad!
Celebremos tu cuerpo
y demuéstrame cuán ágiles
se pronuncian las curvas que te arman.
Cómo convocarlas ante los ojos:
vasijas o lunas;
subidas a tu cuerpo
para cultivo o para admiración.
Para una edad fue el primer contacto de la boca,
pero sin embargo, es cálculo del hombre;
señales que preceden la entrada a tu cuello.
Valorar, valorar, es el verbo exacto
que fija la balanza de lo que ahora asumo.
Y es ahora, en esta hora,
que hemos tomado del púrpura su protagonismo
y consejo,
asumimos lo que antes era un pensamiento,
ejerciendo en cada segundo un movimiento cálido,
una vibración tan pura
entre especímenes,
con la única intención de saberse y de dedicarse
las pieles y las emociones.
Hemos agregado un nuevo término a nuestro léxico.