danie
solo un pensamiento...
La flor marchita y vestida de luto
llora por el adiós que con cada lágrima
se desprendió de tus ojos.
Ojos de miel, ojos cafés, ojos almendrados
y de abrojos, ojos… de la multitud
que tiñen el cielo de un lánguido gris.
Sueños desbocados se alzan en bramidos
con cientos de voces.
Voces de la noche y el día,
de una algarabía embravecida,
de un torrente sanguíneo que surca
la tierra y muere en el río.
¡Final de la vida! Exclaman los ojos cabizbajos
y pensativos.
¡Final de un sueño! Musitan las voces pálidas
y afligidas.
¿Y a todo esto dónde está mi corazón? pregunto yo
con la conciencia partida.
Mi corazón postrado y herido
está oculto en las ruinas de un cuerpo
amorfo y fallecido.
Sangre en el pelo, en las manos
y en el puñal que empuña el destino,
sangre en los velos de los santos
y en los ojos que vieron transcurrir mi vida.
Sangran también las voces porque oyen
los plañidos de un presidiario del delito,
el mismo que se declaró culpable cuando tú partías.
Ojos de miel, ojos cafés, ojos almendrados
y de abrojos, ojos… de la multitud
enfurecida, pidiendo saciar la sed de sangre
por tu inocencia partida.
llora por el adiós que con cada lágrima
se desprendió de tus ojos.
Ojos de miel, ojos cafés, ojos almendrados
y de abrojos, ojos… de la multitud
que tiñen el cielo de un lánguido gris.
Sueños desbocados se alzan en bramidos
con cientos de voces.
Voces de la noche y el día,
de una algarabía embravecida,
de un torrente sanguíneo que surca
la tierra y muere en el río.
¡Final de la vida! Exclaman los ojos cabizbajos
y pensativos.
¡Final de un sueño! Musitan las voces pálidas
y afligidas.
¿Y a todo esto dónde está mi corazón? pregunto yo
con la conciencia partida.
Mi corazón postrado y herido
está oculto en las ruinas de un cuerpo
amorfo y fallecido.
Sangre en el pelo, en las manos
y en el puñal que empuña el destino,
sangre en los velos de los santos
y en los ojos que vieron transcurrir mi vida.
Sangran también las voces porque oyen
los plañidos de un presidiario del delito,
el mismo que se declaró culpable cuando tú partías.
Ojos de miel, ojos cafés, ojos almendrados
y de abrojos, ojos… de la multitud
enfurecida, pidiendo saciar la sed de sangre
por tu inocencia partida.
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