Lo que me asusta del suicidio no es la muerte. Lo que me aterra realmente es que la culpa invada el alma de un ser inocente. No porque haya culpa alguna, sino,
que por amor.
Una brisa pareciese que me abrigase, adormeciendo mi piel con una ardiente llamarada quemándome de frío, consigo, una gigantesca prensa que me aprieta el pecho cual nuez en la bisagra de la puerta.
Me acurruco en lianas de recuerdos secos por el otoño, buscando alguno que me recuerde quién soy. Pero al sumergirme en ellos no encuentro más que solo sonrisas. Simples sonrisas que, tal como la estupidez ajena, solo me ahogan en lágrimas de indiferencia.
El amanecer refleja mis sesos desparramados en mi pieza, tal como inunda el camino de un vagabundo, hundiéndolo así en miradas que lo destrozan y lo disciernen entre mis prosas.
Nunca me he preguntado si mis escritos encajan en los textos ya leídos, solo me cuestiono si el eco de esta casa abandonada algún día cesará, al igual que los impulsos cortantes y ardientes. Impulsos que fluyen al igual que las olas del mar creciente, cayendo en cada piedra sin parar.
Se me seca la vida al no abundar de burdeo mis labios, al no endulzar mi roja lengua tal como ese corazón que yace muerto entre los murmullos de tus carnes.
¿Qué es esto?, me digo, pero esto es todo lo que sembré, lo que hilé en el pajar de to' este mes.
¿Será que, tal como las aves fluyen en el cielo contra el viento, algún día libre seré?
Sé que lo sabré, pues consciente o inconsciente mis cimientos entre ustedes inundaré.