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Olores y recuerdos de una época

hernanfb

Poeta recién llegado
Es la misma esencia de la vida
pero no se puede mostrar con palabras
…………………………………………….
El dolor del trueno,
escondido con mi madre
en la bodega.
Abrazado a mi madre,
con la fragancia que nos asustaba,
de aquel cielo oscuro sombrío,
del que manaban esquirlas de fuego,
que indagaban por rendijas
de las puertas.
Sus rezos, el sabor salado del agua bendita
en mis labios.
Sus caricias de olor a rosas silvestres
a perfumes antiguos,
de jabón “Chimbo” y alcanfor
a sabanas lavadas con lejía.

El olor de mi primer mar a los seis años.
Saltando por los caminos polvorientos, agujereados
en la MV AVELLO de mi padre; aventuras,
asido a su torso firme, salvador de mis miedos.
El nuevo sabor a salitre en mis labios,
la espuma limpia enredada en mi cabello,
el aroma fuerte de eucaliptos y retamas,
bajo la sombra húmeda del bosque,
en la tierra roja encendida por el sol,
donde olía a tortilla en la fiambrera de aluminio,
a postre de galletas María,
fritas con dulce de Membrillo
y a caricias de mi madre entre las sombras
mientras dormía feliz
con el horizonte del mar en mis retinas
………………………………………..
A los diez años, el olor del humo denso y negro
que me ahogaba,
hollín y cenizas, en aquella estación solitaria y triste
custodiada por un hombre de traje oscuro
de mirada vacía, de estatua de plomo gris.
Ruidos metálicos, mangas de agua a presión
dan de beber al monstruo de acero.
El estridente sonido del silbato
del hombre sin rostro
de olor a carbón quemado.
Y entre el vapor veo tu silueta:
con la falda plisada , aquella de florecitas,
la que cosiste en el balcón de geranios
con tu vieja SINGER.
Y en tus manos el pañuelo blanco
manchado de hollín o del rimel de tus ojos.
Yo asido como un náufrago
A mi maleta de tela,
donde solo llevo lo que me has planchado
en dos noches de insomnio,
cien pesetas y un verso de mi abuelo:
“ Hay Tunín, Tunín; hay Tunín Tunera,
dexasti a güelín acongoxau de pena”
y por el sucio cristal de la ventana
de aquel vagón de madera,
solo veo árboles desnudos
y el fluir constante del río de mi valle;
como mis ojos, si; como mis ojos.



A los once años:
el olor de la tiza, y de la tinta de imprenta,
el tronar angustioso de los pupitres,
el sabor amargo de la sangre en mi boca,
después de la paliza de don Genaro;
el maestro alto de pelo engominado y fino bigote.
Su colección de varas de avellano silvestre,
el zumbido y restallar en las piernas desnudas,
y la vergüenza mas que el dolor
de ser azotado en público
ante los ojos burlones, crueles
exentos de piedad.
Los insomnios hasta el amanecer
odiando el alba.
Los vómitos ante la sopa de engrudo
y las largas horas de rodillas ante
el plato de calamares putrefactos.
Aquella alegría al abrir la cesta de mimbre,
que mi madre rellenaba de queso y manteca
y alguna galleta casera.
El dolor cuando los ratones solo dejaron
desperdicios.
Lloré enrabietado por el trabajo perdido
de mi madre.
Y aquella noche me acosté abrazado al pequeño
mantel de cuadros, bordado con mi nombre,
que tenía olor a jabón Chimbo
y a su aroma inconfundible.




A los doce años:
El olor de la sotana del cura, a antiséptico dulzón,
cuando te abraza solícito, convenciéndote
de que solo él es tu amigo,
que te quiere más que tus padres.
Las disculpas y aguantar castigos
por escapar de su acoso;
que no entiendes, pero que odias;
pues solo añoras el olor
y el abrazo de tu madre.
La vergüenza, cuando quiere
que le hables de tus cosas ,
cosas que ni tu todavía entiendes,
y te susurra al oído
exigiéndote su confianza.
Y siempre el olor dulzón de la sotana,
diciéndote que eres sucio
que has pecado;
cuando por fin te arranca el primer sueño;
el de aquella niña blanca y rubia
que por primera vez te ha mirado
al salir de la iglesia aquel Sábado de otoño.

………………………………………………….
Alos quince años:
Por fin me había librado del olor a sotana
de tanto rosario obligado
de “dignidades” ficticias
impuestas por aquel cura
con pinta de “mocín” de cine
de los años cuarenta,
de galán trasnochado.
Ya no me duele su mirada,
despreciativa,
por no ceñir sus bandas
de oro y plata;
incluso me enorgullezco de sus castigos
de Domingos encerrado,
y de la mirada despectiva de los pijos
de corbatas de “Sierra” y zapatos Sebago.
Entre los malos, están los mejores;
que hasta se atreven hablar mal de Franco
y se cagan a la cara en sus muertos a los
maricas de sotana de olor de antiséptico
vomitivo y dulzón.

Algunos al fin, hemos reventado,
de tantas sabatinas
y misas desganadas,
de confesionarios oscuros
de contacto con rostros indagantes
de olor a Floid.
Llenos de vergüenzas,
de pecados de deseos sin consumar.
De tantas historias de guerra,
en que los malos son tan malos
y los buenos tan buenos.
Ahora empiezo a creer solo
en los hombres de bien;
vistan de negro o de blanco
o de rojo grana, no importa.

Y el otro día, hasta me he atrevido
a besar en su portal a la niña de mis sueños:
la de trenzas rubias,
y ojos del color de las algas húmedas

Temblando, pero de emoción
no de vergüenza, o miedo al pecado,
y solo arrepintiéndome,
de no haberla besado antes,
una y mil veces.

Recuerdo su olor:
(muy diferente al de mi madre)
a hojas del otoño
a hierba fresca
al mar de mi infancia
a la vida misma.

Y tantas cosas
a las que no pude acercarme
y que ahora me esperan.
Son otro mundo más
sobre este mundo.

Y seguramente serán estos recuerdos
que a nadie le importan
lo único que quedará de mi
cuando me muera.
………………………………………………….
Solo son algunos recuerdos hasta los quince años.
 
hernanfb dijo:
Es la misma esencia de la vida
pero no se puede mostrar con palabras
…………………………………………….
El dolor del trueno,
escondido con mi madre
en la bodega.
Abrazado a mi madre,
con la fragancia que nos asustaba,
de aquel cielo oscuro sombrío,
del que manaban esquirlas de fuego,
que indagaban por rendijas
de las puertas.
Sus rezos, el sabor salado del agua bendita
en mis labios.
Sus caricias de olor a rosas silvestres
a perfumes antiguos,
de jabón “Chimbo” y alcanfor
a sabanas lavadas con lejía.

El olor de mi primer mar a los seis años.
Saltando por los caminos polvorientos, agujereados
en la MV AVELLO de mi padre; aventuras,
asido a su torso firme, salvador de mis miedos.
El nuevo sabor a salitre en mis labios,
la espuma limpia enredada en mi cabello,
el aroma fuerte de eucaliptos y retamas,
bajo la sombra húmeda del bosque,
en la tierra roja encendida por el sol,
donde olía a tortilla en la fiambrera de aluminio,
a postre de galletas María,
fritas con dulce de Membrillo
y a caricias de mi madre entre las sombras
mientras dormía feliz
con el horizonte del mar en mis retinas
………………………………………..
A los diez años, el olor del humo denso y negro
que me ahogaba,
hollín y cenizas, en aquella estación solitaria y triste
custodiada por un hombre de traje oscuro
de mirada vacía, de estatua de plomo gris.
Ruidos metálicos, mangas de agua a presión
dan de beber al monstruo de acero.
El estridente sonido del silbato
del hombre sin rostro
de olor a carbón quemado.
Y entre el vapor veo tu silueta:
con la falda plisada , aquella de florecitas,
la que cosiste en el balcón de geranios
con tu vieja SINGER.
Y en tus manos el pañuelo blanco
manchado de hollín o del rimel de tus ojos.
Yo asido como un náufrago
A mi maleta de tela,
donde solo llevo lo que me has planchado
en dos noches de insomnio,
cien pesetas y un verso de mi abuelo:
“ Hay Tunín, Tunín; hay Tunín Tunera,
dexasti a güelín acongoxau de pena”
y por el sucio cristal de la ventana
de aquel vagón de madera,
solo veo árboles desnudos
y el fluir constante del río de mi valle;
como mis ojos, si; como mis ojos.



A los once años:
el olor de la tiza, y de la tinta de imprenta,
el tronar angustioso de los pupitres,
el sabor amargo de la sangre en mi boca,
después de la paliza de don Genaro;
el maestro alto de pelo engominado y fino bigote.
Su colección de varas de avellano silvestre,
el zumbido y restallar en las piernas desnudas,
y la vergüenza mas que el dolor
de ser azotado en público
ante los ojos burlones, crueles
exentos de piedad.
Los insomnios hasta el amanecer
odiando el alba.
Los vómitos ante la sopa de engrudo
y las largas horas de rodillas ante
el plato de calamares putrefactos.
Aquella alegría al abrir la cesta de mimbre,
que mi madre rellenaba de queso y manteca
y alguna galleta casera.
El dolor cuando los ratones solo dejaron
desperdicios.
Lloré enrabietado por el trabajo perdido
de mi madre.
Y aquella noche me acosté abrazado al pequeño
mantel de cuadros, bordado con mi nombre,
que tenía olor a jabón Chimbo
y a su aroma inconfundible.




A los doce años:
El olor de la sotana del cura, a antiséptico dulzón,
cuando te abraza solícito, convenciéndote
de que solo él es tu amigo,
que te quiere más que tus padres.
Las disculpas y aguantar castigos
por escapar de su acoso;
que no entiendes, pero que odias;
pues solo añoras el olor
y el abrazo de tu madre.
La vergüenza, cuando quiere
que le hables de tus cosas ,
cosas que ni tu todavía entiendes,
y te susurra al oído
exigiéndote su confianza.
Y siempre el olor dulzón de la sotana,
diciéndote que eres sucio
que has pecado;
cuando por fin te arranca el primer sueño;
el de aquella niña blanca y rubia
que por primera vez te ha mirado
al salir de la iglesia aquel Sábado de otoño.

………………………………………………….
Alos quince años:
Por fin me había librado del olor a sotana
de tanto rosario obligado
de “dignidades” ficticias
impuestas por aquel cura
con pinta de “mocín” de cine
de los años cuarenta,
de galán trasnochado.
Ya no me duele su mirada,
despreciativa,
por no ceñir sus bandas
de oro y plata;
incluso me enorgullezco de sus castigos
de Domingos encerrado,
y de la mirada despectiva de los pijos
de corbatas de “Sierra” y zapatos Sebago.
Entre los malos, están los mejores;
que hasta se atreven hablar mal de Franco
y se cagan a la cara en sus muertos a los
maricas de sotana de olor de antiséptico
vomitivo y dulzón.

Algunos al fin, hemos reventado,
de tantas sabatinas
y misas desganadas,
de confesionarios oscuros
de contacto con rostros indagantes
de olor a Floid.
Llenos de vergüenzas,
de pecados de deseos sin consumar.
De tantas historias de guerra,
en que los malos son tan malos
y los buenos tan buenos.
Ahora empiezo a creer solo
en los hombres de bien;
vistan de negro o de blanco
o de rojo grana, no importa.

Y el otro día, hasta me he atrevido
a besar en su portal a la niña de mis sueños:
la de trenzas rubias,
y ojos del color de las algas húmedas

Temblando, pero de emoción
no de vergüenza, o miedo al pecado,
y solo arrepintiéndome,
de no haberla besado antes,
una y mil veces.

Recuerdo su olor:
(muy diferente al de mi madre)
a hojas del otoño
a hierba fresca
al mar de mi infancia
a la vida misma.

Y tantas cosas
a las que no pude acercarme
y que ahora me esperan.
Son otro mundo más
sobre este mundo.

Y seguramente serán estos recuerdos
que a nadie le importan
lo único que quedará de mi
cuando me muera.
………………………………………………….
Solo son algunos recuerdos hasta los quince años.

historia muy linda a pesar de los impases
el final dulce y tierno

hadita

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