HÉCTOR
Eres mi poesía; yo el instrumento inspirado.
Miras el moho de mi alma,
¡no me reprochas!
Sientes dolor causado por mis males,
y tú atrapada en vigilias continuas,
ante esta flaqueza mortal.
¡No te miro, no te busco!,
¡qué ingratitud!
Estás ahí arando mi desierto,
regando y sembrando de lo tuyo,
en este ser abandonado por los desaciertos.
Aprenderé a ser hijo, aprenderé,
a bote y rebote…,
¿si te entiendo como madre
que suspiras mis cenicientos cielos,
y aspirando sea yo un hijo indeleble?
Aspirando tú en mí mares de gracia,
Madre, madrecita,
y yo mal, infamia, sin calma;
lejos de los mil Ave Marías,
en orfandad mi alma.
¡no me reprochas!
Sientes dolor causado por mis males,
y tú atrapada en vigilias continuas,
ante esta flaqueza mortal.
¡No te miro, no te busco!,
¡qué ingratitud!
Estás ahí arando mi desierto,
regando y sembrando de lo tuyo,
en este ser abandonado por los desaciertos.
Aprenderé a ser hijo, aprenderé,
a bote y rebote…,
¿si te entiendo como madre
que suspiras mis cenicientos cielos,
y aspirando sea yo un hijo indeleble?
Aspirando tú en mí mares de gracia,
Madre, madrecita,
y yo mal, infamia, sin calma;
lejos de los mil Ave Marías,
en orfandad mi alma.