Évano
Libre, sin dioses.
Vacié totalmente la habitación de muebles y de toda clase de objetos, quedando desnuda, de un blanco de algodón que me recordaba a la ropa interior, donde las paredes eran la camiseta y el suelo los calzoncillos. El techo, no lo sé, quizás el gorro cónico de dormir.
Un rodillo grande y cuatro cubos de pintura verde y uniformé al habitáculo de verde: suelo, paredes y un techo sin lámparas.
Un botecito de pintura azul y sólo la ventana, con sus cristales, era lo que desentonaba.
Sobre los cristales azulados de la habitación verdosa escribí con rotulador amarillo unos versos de Machado:
Tu verdad, no,
la verdad.
Y ven conmigo a buscarla,
la tuya, guárdatela.
Con el brazo derecho y su mano y sus dedos apretando el lóbulo de la oreja izquierda, por detrás de la cabeza, y lo mismo con el brazo izquierdo y su mano y sus dedos en el lóbulo de la oreja derecha, empecé con el vaivén de mi cintura mientras con la pierna derecha trazaba círculos imaginarios.
Me coloqué de espaldas a los azulados cristales y a los versos escritos de amarillo de Machado y dije las palabras mágicas en tan extraña posición y movimiento:
Muevo la cadera
muevo el pie
muevo la tibia y el peroné.
Y me dejé caer sobre la ventana.
No ocurrió lo que yo esperaba, sólo un porrazo con su dolor en cabeza y en culo.
Lo volví a intentar. Todo igual, salvo que ahora en vez de la pierna derecha, componía círculos, también imaginarios, con la izquierda.
Las palabras mágicas:
Muevo la cadera
muevo el pie
muevo la tibia y el peroné.
Caída para atrás y...
Lo conseguí. Había penetrado en el Laberinto de la Verdad. Ya no estaba en la habitación. Había logrado entrar. La ventana azulada la veía ahora desde el otro lado. La habitación, no lo sé.
No sé por qué lo del laberinto, me dije, pues carecía de pasillos y por ahora de enigmas.
Se perdía la vista por unos prados de un leve ondulado, como un mar donde las olas eran montículos desahogados. En ellas las flores de lavanda tapizaban todo horizonte. La luz de este mundo amarilleaba pálidamente aunque su sol naranja paseaba tranquilamente por el paisaje. A lo lejos, decenas, o quizás miles de cientos de siluetas negras y humanas, pequeñitas por la distancia, caminaban en un silencio cálido.
Corrí para alcanzarlos entre las hileras de flores violáceas. Tras de mí, una estela blanquecina que debía ser mi sombra. Me miré por si mi silueta era igualmente oscura.
Lo era.
No tardé en contactar con lo últimos del inmenso grupo y jadeando pregunté:
-¿A quién seguís? ¿Dónde vais?
Varios de ellos se giraron para responderme:
-Seguimos al Maestro y buscamos La Verdad. Ven con nosotros.
Me asusté. Sus ojos eran rojos como los de las ratas en la noche. Brillaban e iluminaban un par de metros su contorno, formando una enorme neblina alrededor del gran grupo de personas de siluetas negritas.
-¿Por qué tenéis los ojos rojizos y sois sombras? -volví a preguntarles.
Y varios de ellos se giraron otra vez y respondieron.
-Tú también, tú también.
Por lo tanto les seguí y anduvimos por los pequeños oteros de lavanda en silencio, detrás de un Maestro al que no veíamos, los da atrás.
Continúa abajo...
 
Un rodillo grande y cuatro cubos de pintura verde y uniformé al habitáculo de verde: suelo, paredes y un techo sin lámparas.
Un botecito de pintura azul y sólo la ventana, con sus cristales, era lo que desentonaba.
Sobre los cristales azulados de la habitación verdosa escribí con rotulador amarillo unos versos de Machado:
Tu verdad, no,
la verdad.
Y ven conmigo a buscarla,
la tuya, guárdatela.
Con el brazo derecho y su mano y sus dedos apretando el lóbulo de la oreja izquierda, por detrás de la cabeza, y lo mismo con el brazo izquierdo y su mano y sus dedos en el lóbulo de la oreja derecha, empecé con el vaivén de mi cintura mientras con la pierna derecha trazaba círculos imaginarios.
Me coloqué de espaldas a los azulados cristales y a los versos escritos de amarillo de Machado y dije las palabras mágicas en tan extraña posición y movimiento:
Muevo la cadera
muevo el pie
muevo la tibia y el peroné.
Y me dejé caer sobre la ventana.
No ocurrió lo que yo esperaba, sólo un porrazo con su dolor en cabeza y en culo.
Lo volví a intentar. Todo igual, salvo que ahora en vez de la pierna derecha, componía círculos, también imaginarios, con la izquierda.
Las palabras mágicas:
Muevo la cadera
muevo el pie
muevo la tibia y el peroné.
Caída para atrás y...
Lo conseguí. Había penetrado en el Laberinto de la Verdad. Ya no estaba en la habitación. Había logrado entrar. La ventana azulada la veía ahora desde el otro lado. La habitación, no lo sé.
No sé por qué lo del laberinto, me dije, pues carecía de pasillos y por ahora de enigmas.
Se perdía la vista por unos prados de un leve ondulado, como un mar donde las olas eran montículos desahogados. En ellas las flores de lavanda tapizaban todo horizonte. La luz de este mundo amarilleaba pálidamente aunque su sol naranja paseaba tranquilamente por el paisaje. A lo lejos, decenas, o quizás miles de cientos de siluetas negras y humanas, pequeñitas por la distancia, caminaban en un silencio cálido.
Corrí para alcanzarlos entre las hileras de flores violáceas. Tras de mí, una estela blanquecina que debía ser mi sombra. Me miré por si mi silueta era igualmente oscura.
Lo era.
No tardé en contactar con lo últimos del inmenso grupo y jadeando pregunté:
-¿A quién seguís? ¿Dónde vais?
Varios de ellos se giraron para responderme:
-Seguimos al Maestro y buscamos La Verdad. Ven con nosotros.
Me asusté. Sus ojos eran rojos como los de las ratas en la noche. Brillaban e iluminaban un par de metros su contorno, formando una enorme neblina alrededor del gran grupo de personas de siluetas negritas.
-¿Por qué tenéis los ojos rojizos y sois sombras? -volví a preguntarles.
Y varios de ellos se giraron otra vez y respondieron.
-Tú también, tú también.
Por lo tanto les seguí y anduvimos por los pequeños oteros de lavanda en silencio, detrás de un Maestro al que no veíamos, los da atrás.
Continúa abajo...
 
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