Esqueleto Piel
Poeta recién llegado
Igual,
de nuevo.
Igual,
otra vez.
Tan noctívago
mi pensamiento,
iluminado
por el crepúsculo,
-taciturno-,
del azabachado manto.
Tal vez,
sea esta,
la millonésima escena
posando así,
conmigo;
a símil modo,
siempre.
Otra vez, traspasando los límites del verso, expandiendo la forma del poema porque así lo necesito. Hablando con mi propia voz, escuchando las palabras que me escribo para encajar respuestas en esas preguntas que a nadie más logro soltar (evito cualquier tipo de interferencia conceptual con los demás, para no desazonar ni desazonarme).
Sentado, casi inmóvil, anclado al hermetismo, noctámbulo entre lo típico del silencio nocturno, rodeado de cuerposausentes; ensimismado sobre la expresión, de esta manera no hay asunto ni cosa ajena perturbándome más de lo que ya pueda perturbarme yo mismo; si presencio la contrariedad de esta manera, se interrumpe la armonía que habita en mi introspección.
Hay cosas
que sólo al verso le cuento,
cosas,
que solo desde mis ojos
se pueden ver
como las veo.
El lugar donde estoy
es de mis pies,
no quepan otros,
no existe
perspectiva parecida.
¿O todo esto es equívoco?
Me pregunto porque hace años suele ser casi siempre de noche cuando más doy forma a la obra, puesto que tengo más facilidad para exteriorizar los irresueltos míos, para extirpar de la mente los nocivos gérmenes que el recuerdo filtra al pasar por el viaducto del “inconciente”.
Supongo un porque, está en esa calma casi efímera que invade a los éteres urbanos cuando anochece en las ciudades.
Igual,
de nuevo.
Igual,
otra vez.
Sentado,
cavando mi piel,
hasta toparme
en el esqueleto,
algún
mineral de paz.
Puede
que cuando
los fotones del albor
penetren,
a través del cerrojo,
encuentren
a un ente
de aspecto inerte,
que se enerve
en el especte
del pleno desvele.
de nuevo.
Igual,
otra vez.
Tan noctívago
mi pensamiento,
iluminado
por el crepúsculo,
-taciturno-,
del azabachado manto.
Tal vez,
sea esta,
la millonésima escena
posando así,
conmigo;
a símil modo,
siempre.
Otra vez, traspasando los límites del verso, expandiendo la forma del poema porque así lo necesito. Hablando con mi propia voz, escuchando las palabras que me escribo para encajar respuestas en esas preguntas que a nadie más logro soltar (evito cualquier tipo de interferencia conceptual con los demás, para no desazonar ni desazonarme).
Sentado, casi inmóvil, anclado al hermetismo, noctámbulo entre lo típico del silencio nocturno, rodeado de cuerposausentes; ensimismado sobre la expresión, de esta manera no hay asunto ni cosa ajena perturbándome más de lo que ya pueda perturbarme yo mismo; si presencio la contrariedad de esta manera, se interrumpe la armonía que habita en mi introspección.
Hay cosas
que sólo al verso le cuento,
cosas,
que solo desde mis ojos
se pueden ver
como las veo.
El lugar donde estoy
es de mis pies,
no quepan otros,
no existe
perspectiva parecida.
¿O todo esto es equívoco?
Me pregunto porque hace años suele ser casi siempre de noche cuando más doy forma a la obra, puesto que tengo más facilidad para exteriorizar los irresueltos míos, para extirpar de la mente los nocivos gérmenes que el recuerdo filtra al pasar por el viaducto del “inconciente”.
Supongo un porque, está en esa calma casi efímera que invade a los éteres urbanos cuando anochece en las ciudades.
Igual,
de nuevo.
Igual,
otra vez.
Sentado,
cavando mi piel,
hasta toparme
en el esqueleto,
algún
mineral de paz.
Puede
que cuando
los fotones del albor
penetren,
a través del cerrojo,
encuentren
a un ente
de aspecto inerte,
que se enerve
en el especte
del pleno desvele.