Otro mito muerto

Llegué a ti desde mi huida hacia delante,
dispuesta a romper el equilibrio del agua.
Buceé en el abismo para sacar a flote
la traducción de las sombras
que lo habitaban,
y arropé con letras el hielo de las cadenas.
Pero ni la desnudez de las piedras,
ni la humedad de la madera,
ni el verdor de los pinos que saludan aviones;
proyectaron la luz.
Hoy estoy aquí,
huérfana de noches salvajes
rompiendo aniversarios contra las rocas,
mientras tu recuerdo se me clava entre las uñas,
como la más cruel de las torturas.
Hace frío en los diccionarios de otros junios,
un frío helado que anuncia
la presencia de otro mito muerto.



Es lamentable la tendencia malsana que tienen los mitos a morírsenos entre las manos. Creo que justamente por eso son mitos, por su propia debilidad. El mito, como narración, no soporta la luz de la razón y únicamente habita mientras vestimos su existencia desde las palabras antiguas y rancias en las que viene descrito, esas mismas palabras que duermen en los diccionarios.

Por eso, aunque haga frío en los diccionarios de otros junios, no olvides nunca que las letras con las que arropaste el hielo de las cadenas son las de la palabra vivida, no la de la palabra muerta que duerme en ellos.

Quizá por eso haga frío. ¿Es que es novedoso, un diccionario lleno de palabras frías e inexpresivas que duermen, mortecinas, esperando el hálito de vida de la voz que las pronuncia, la sangre caliente de la mano que las escribe?

¿Qué se hizo de la traducción sacada a flote del abismo a fuerza de pulmón libre? Esas, y no otras, son las palabras. No las busques en los diccionarios: sigue buceando. Sólo así las noches volverán a ser salvajes y sólo así dejarán de morirse los mitos, porque ya no los habrá: únicamente compañeros de palabra viva y de vida vivida.

Un abrazo.
 

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