PAISAJE DESDE EL VIEJO PALACIO
El gato de marfil lloraba por su ojo derecho
una interminable hilera de hormigas rojas
disciplinadas y obedientes cual guerreros chinos
Formaban sobre el tapete de ganchillo
pentagramas acuciados por transformarse en sonatas.
El virtuoso sol de las tardes flotaba sobre el pavimento empolvado
y las muchachas en su virginidad desnuda
adornaban junto a los geranios las barandillas de hierro
En la pacífica tarde hervían los deseos insatisfechos
y las paredes encaladas eran trasuntos de los bíblicos sepulcros.
Las hormigas se reordenan y trasladan a los yermos pentagramas
los aullidos espantosos de las lagartijas calcinadas
La nueva música es vidrio que se rompe o un cuchillo afilado
La nueva música que llora el gato de marfil sobre el piano
perfora el tapete de ganchillo y vuela hacia las altas nubes.
Las muchachas con su virginidad desnuda esperan la hora del pecado
que disfrutarán con sorbitos de aguardiente y pasteles de alfajor
Llegan ecos de otras fuentes o de martillos lejanos que tallan nuevas estatuas
Visten las sombras a los enhiestos cipreses que llevan al cementerio
mientras la sierra se empolva para esperar a la luna. Silencio.
Oh, cómo devoran las alfombras el sonido de los pasos
mientras los aguamaniles ríen sobre las manos manchadas
Los antiguos caballeros desde sus envejecidos marcos
reparten los privilegios de ser más viejos que el tiempo
sin observar que el orín de sus palabras oxida las espadas victoriosas.
Las lejanas gaviotas que dibujan delicadas celosías en los ajimeces del cielo
ya han olvidado los susurros del mar nocturno que peinaba sus finas alas
Tejen sobre los verdes trigales el nuevo cantar de sus vuelos
y han cambiado la poesía azul con cabellera de espuma por la ruda y el romero
Todo es mar cuajado de amapolas donde beben las oropéndolas.
Qué brillantes surtidores alimentan el fulgor de las estrellas
Ojos luceros en los que anida el misterio de la mujer genesíaca
Y la tierra que recibe en las noches clamorosas sus cabellos como raíces
Eterno círculo ónfalo clarividente voz de poeta o último suspiro
de la amazona herida por la flecha o por aquel beso perdido.
Desde las ruinas
devoradas por el tiempo
se iluminan las encinas
se hace de mármol
el rigoroso lamento.
El gato de marfil lloraba por su ojo derecho
una interminable hilera de hormigas rojas
disciplinadas y obedientes cual guerreros chinos
Formaban sobre el tapete de ganchillo
pentagramas acuciados por transformarse en sonatas.
El virtuoso sol de las tardes flotaba sobre el pavimento empolvado
y las muchachas en su virginidad desnuda
adornaban junto a los geranios las barandillas de hierro
En la pacífica tarde hervían los deseos insatisfechos
y las paredes encaladas eran trasuntos de los bíblicos sepulcros.
Las hormigas se reordenan y trasladan a los yermos pentagramas
los aullidos espantosos de las lagartijas calcinadas
La nueva música es vidrio que se rompe o un cuchillo afilado
La nueva música que llora el gato de marfil sobre el piano
perfora el tapete de ganchillo y vuela hacia las altas nubes.
Las muchachas con su virginidad desnuda esperan la hora del pecado
que disfrutarán con sorbitos de aguardiente y pasteles de alfajor
Llegan ecos de otras fuentes o de martillos lejanos que tallan nuevas estatuas
Visten las sombras a los enhiestos cipreses que llevan al cementerio
mientras la sierra se empolva para esperar a la luna. Silencio.
Oh, cómo devoran las alfombras el sonido de los pasos
mientras los aguamaniles ríen sobre las manos manchadas
Los antiguos caballeros desde sus envejecidos marcos
reparten los privilegios de ser más viejos que el tiempo
sin observar que el orín de sus palabras oxida las espadas victoriosas.
Las lejanas gaviotas que dibujan delicadas celosías en los ajimeces del cielo
ya han olvidado los susurros del mar nocturno que peinaba sus finas alas
Tejen sobre los verdes trigales el nuevo cantar de sus vuelos
y han cambiado la poesía azul con cabellera de espuma por la ruda y el romero
Todo es mar cuajado de amapolas donde beben las oropéndolas.
Qué brillantes surtidores alimentan el fulgor de las estrellas
Ojos luceros en los que anida el misterio de la mujer genesíaca
Y la tierra que recibe en las noches clamorosas sus cabellos como raíces
Eterno círculo ónfalo clarividente voz de poeta o último suspiro
de la amazona herida por la flecha o por aquel beso perdido.
Desde las ruinas
devoradas por el tiempo
se iluminan las encinas
se hace de mármol
el rigoroso lamento.