Anna Politkóvskaya
Poeta fiel al portal
Cuando sobrevinieron los días
de una uniformidad mortal,
el verbo enmudeció
y anidaron llagas en la carne
por la angustia acumulada
ante la presencia desoladora
y pertinaz de un desierto
profundamente níveo.
Un llanto pedregoso
el reflejo quebró dejando
el corazón inerme
en un túnel oscuro, oscuro
oscuro y poblando
de silencios la mirada;
pero una mano
como una vid fecunda
escapó de la esclavitud
de las sombras y libre fue
de aire en aire escribiéndose
y llenándose de luz,
dejando muy claro
que no todo estaba perdido.
Y, entonces, ocurrió
que manantiales de versos
brotaron de las alegres rocas
y los ríos caudalosos
comenzaron a anegar
con sus límpidas palabras
las tierras ribereñas
fertilizándolas de poesía.
Más allá, donde se recortan
las altas cumbres
de extensos lienzos inmaculados,
el sol y la primavera
pudieron continuar con su diario
poema de amor a la vida
y ahora, cuando llega el ocaso,
la luna que hiende el mar
puede entablar con el horizonte
su particular tertulia literaria.
de una uniformidad mortal,
el verbo enmudeció
y anidaron llagas en la carne
por la angustia acumulada
ante la presencia desoladora
y pertinaz de un desierto
profundamente níveo.
Un llanto pedregoso
el reflejo quebró dejando
el corazón inerme
en un túnel oscuro, oscuro
oscuro y poblando
de silencios la mirada;
pero una mano
como una vid fecunda
escapó de la esclavitud
de las sombras y libre fue
de aire en aire escribiéndose
y llenándose de luz,
dejando muy claro
que no todo estaba perdido.
Y, entonces, ocurrió
que manantiales de versos
brotaron de las alegres rocas
y los ríos caudalosos
comenzaron a anegar
con sus límpidas palabras
las tierras ribereñas
fertilizándolas de poesía.
Más allá, donde se recortan
las altas cumbres
de extensos lienzos inmaculados,
el sol y la primavera
pudieron continuar con su diario
poema de amor a la vida
y ahora, cuando llega el ocaso,
la luna que hiende el mar
puede entablar con el horizonte
su particular tertulia literaria.
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