Xuacu
Poeta que considera el portal su segunda casa
PAISAJES. DIANA XXI.
Oh alma mía, que converges
en el esplendor de un pensamiento,
callas al demonio y mi lamento,
toma cuerpo entre el negro y el raso,
feneciendo el ocaso, en mis versos.
Movimiento rectilíneo,
en el paralelo de un espacio inerte,
yo quiero amarte y la luna verme,
como se abre mi pecho, en tempestades,
jamás me quejo y para adentro lloro,
mojando con sangre mi silencio.
A ti paisaje grandioso y apacible,
que das cobijo al remanso de los mares
y los estelares que se mueren en tu boca.
Deidad de día, mujer de noche,
amor y beldad, que te deslizas furtivamente,
grandes ojos, Diana, que guardan noches a pares.
El infierno me reclama su abandono,
que soy ingrato de su luz y su llama,
ya no hay titilantes pinceladas,
que dibujen siderales que cubren sus vacíos,
ya no sigue sus áureos giros, ni le pienso,
que se ha quedado viudo de el mí sentimiento.
Que marque la espuela del Ángel caído,
haciendo surco en mis costillas,
degollándolas en astillas, para hacer cruces,
que en enfurecida rabia, llene el hueco,
de tus huellas, en tus paisajes eternos
y se quede el paladar del averno, sin mi sangre.
Quedó sin pulso ya mí cuerpo
en descanso quieto esta mí esqueleto,
más aún te late el pensamiento del alma,
por qué aún cuando
por encima de la línea esté muerto,
por debajo de ella
estaré vivo soñando contigo.
Oh alma mía, que converges
en el esplendor de un pensamiento,
callas al demonio y mi lamento,
toma cuerpo entre el negro y el raso,
feneciendo el ocaso, en mis versos.
Movimiento rectilíneo,
en el paralelo de un espacio inerte,
yo quiero amarte y la luna verme,
como se abre mi pecho, en tempestades,
jamás me quejo y para adentro lloro,
mojando con sangre mi silencio.
A ti paisaje grandioso y apacible,
que das cobijo al remanso de los mares
y los estelares que se mueren en tu boca.
Deidad de día, mujer de noche,
amor y beldad, que te deslizas furtivamente,
grandes ojos, Diana, que guardan noches a pares.
El infierno me reclama su abandono,
que soy ingrato de su luz y su llama,
ya no hay titilantes pinceladas,
que dibujen siderales que cubren sus vacíos,
ya no sigue sus áureos giros, ni le pienso,
que se ha quedado viudo de el mí sentimiento.
Que marque la espuela del Ángel caído,
haciendo surco en mis costillas,
degollándolas en astillas, para hacer cruces,
que en enfurecida rabia, llene el hueco,
de tus huellas, en tus paisajes eternos
y se quede el paladar del averno, sin mi sangre.
Quedó sin pulso ya mí cuerpo
en descanso quieto esta mí esqueleto,
más aún te late el pensamiento del alma,
por qué aún cuando
por encima de la línea esté muerto,
por debajo de ella
estaré vivo soñando contigo.
Juanjota.
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