Lucida_Bista
Poeta recién llegado
A veces, me invade el mundo.
Me invade una vez,
cada siempre.
Siempre veces por día,
y por año, y por siglo;
y por siempre.
Entonces se me resbalan las palabras
en un caudal imperfecto,
y se tragan a los hombres
viejos y jóvenes.
Esperando algo, recorren el mundo.
Atraviesan implacables los corazones,
arrastrando dichas y desdichas,
lavando almas ennegrecidas por el olvido.
Acalman tempestuosas revoluciones
y se llevan las raíces consigo.
Arrasan con milenarias supersticiones
y sus ignorancias polvorientas.
Persiguen el interminable mar del conocimiento,
intentando vagamente descifrar
los misterios de una lágrima.
Como el presagio de la muerte regresan un día, una tarde, una noche;
entre la primavera y el otoño, de un lado u otro.
Se alzan ante mis ojos en una ola imaginaria,
cuya cúspide toca la luna, las estrellas y las nubes;
ensombreciendo la tierra, privándola de un sol y de una vida que encierran en sus misteriosas calles;
y arrogantes, omniscientes, divinas, fracasan sus implacables fuerzas contra mí.
Con su torrente magnífico barren mi mente, mi espíritu, mi cuerpo;
destruyen al sujeto que hay en mí.
Me dejan vacía, maltrecha, descuidada;
cual existencia triste, destino trágico.
Me tumban, inclementes, sobre mis cenizas,
me desnudan,
me laceran,
me despojan de lo que ya no tengo.
Me olvidan entre babilónicos testamentos.
Aniquilan mi hogar sobre la tierra, sobre el universo.
Me dejan la poesía de mis venas, de mi respiración, de mi aliento;
me convierten en palabras y me llevan sin impedimento.
Me invade una vez,
cada siempre.
Siempre veces por día,
y por año, y por siglo;
y por siempre.
Entonces se me resbalan las palabras
en un caudal imperfecto,
y se tragan a los hombres
viejos y jóvenes.
Esperando algo, recorren el mundo.
Atraviesan implacables los corazones,
arrastrando dichas y desdichas,
lavando almas ennegrecidas por el olvido.
Acalman tempestuosas revoluciones
y se llevan las raíces consigo.
Arrasan con milenarias supersticiones
y sus ignorancias polvorientas.
Persiguen el interminable mar del conocimiento,
intentando vagamente descifrar
los misterios de una lágrima.
Como el presagio de la muerte regresan un día, una tarde, una noche;
entre la primavera y el otoño, de un lado u otro.
Se alzan ante mis ojos en una ola imaginaria,
cuya cúspide toca la luna, las estrellas y las nubes;
ensombreciendo la tierra, privándola de un sol y de una vida que encierran en sus misteriosas calles;
y arrogantes, omniscientes, divinas, fracasan sus implacables fuerzas contra mí.
Con su torrente magnífico barren mi mente, mi espíritu, mi cuerpo;
destruyen al sujeto que hay en mí.
Me dejan vacía, maltrecha, descuidada;
cual existencia triste, destino trágico.
Me tumban, inclementes, sobre mis cenizas,
me desnudan,
me laceran,
me despojan de lo que ya no tengo.
Me olvidan entre babilónicos testamentos.
Aniquilan mi hogar sobre la tierra, sobre el universo.
Me dejan la poesía de mis venas, de mi respiración, de mi aliento;
me convierten en palabras y me llevan sin impedimento.