Piedad Acosta Ruiz
Poeta recién llegado
La hierba estaba fresca
la nieve que había vestido el manto
bucólico nocturno
se escapaba con el sol de la mañana.
Alzaban vuelo con los búhos,
los cien pies, los alacranes y las ranas.
Y la mañana
se vestía de seda.
El astro bailaba,
cantaba alegre,
jugando presuroso
con los traviesos y asustadizos
copos inmaculados que se derretían
risueños cuando les acariciaba.
Esplendoroso, sublime
lucia aquel primero de mayo
con palomas blancas, negras
grisáceas, pardas, saraviadas,
amarillas,
girasoles danzándole al cielo.
Pardas rojizas,
negras como el ébano mismo,
orneadas en dorado, en bronce y cobre,
bañadas en marfil, púrpura escarlata,
verdes como el heno fresco,
azules, perdiéndose en el dulce,
y perfumado cielo.
Descansaban, y de nuevo
alzaban vuelo
desde el escarpado terreno,
divisando palomares ajenos
de hierro en el hielo,
en el valle, en la rivera,
de hormigón hechos mansión.
Sus ojos desde los aires tristemente
divisaban
la arena de una, de dos,
de miles de playas y mares.
¡Tanta tierra,
y sin un rinconcito para ellas,
arar, y ver germinar,
donde sus noches y días
poder descansar!
Sus alas presurosas, explanaban
campos que empezaban a humedecerse
con el baño angelical.
Sus voces en concierto ni la fresca brisa les hacia callar.
¿Cuántas maravillas habían hecho en su ciudad,
y la mayoría no tenía
donde sus frías noches abrigar?
¿De qué les valía tanto trabajar, y trabajar,
si no tenían
un palomar donde sus críos arrullar,
y menos aún, alimentar
ni siquiera en las frías noches
de navidad?
¿A dónde el dinero de su duro
trabajo habría ido a parar?
Con estómagos vacios,
las palomas
de todos los colores
se habían cansado
de implorar,
un suelo repleto de granos
para sus vientres alimentar,
un techo para sus críos
abrigar,
Juntas en manada,
de tano volar y volar,
de tanto para ellas,
trabajar y trabajar,
de tanto los cielos y las tierras
con sus alas abiertas,
bajo lluvias
y soles, arar y arar,
hicieron el milagro
Vieron semillas de libertad
germinar en su suelo.
Pronto sus palomares
les vieron felices
sus críos arrullar
y alimentar.
Hoy el azuloso
océano celestial,
donde habitan
los dioses de todas
las estirpes y credos,
sonríen contemplando
las palomas de todos los colores
sin hilos enredados en sus patas
explanar su tierra
sin yugo, ni dueño,
hecha solo para el que
la quiera arar y hacer germinar;
para el que quiera las promesas
que trae el nuevo día,
hacer realidad.
la nieve que había vestido el manto
bucólico nocturno
se escapaba con el sol de la mañana.
Alzaban vuelo con los búhos,
los cien pies, los alacranes y las ranas.
Y la mañana
se vestía de seda.
El astro bailaba,
cantaba alegre,
jugando presuroso
con los traviesos y asustadizos
copos inmaculados que se derretían
risueños cuando les acariciaba.
Esplendoroso, sublime
lucia aquel primero de mayo
con palomas blancas, negras
grisáceas, pardas, saraviadas,
amarillas,
girasoles danzándole al cielo.
Pardas rojizas,
negras como el ébano mismo,
orneadas en dorado, en bronce y cobre,
bañadas en marfil, púrpura escarlata,
verdes como el heno fresco,
azules, perdiéndose en el dulce,
y perfumado cielo.
Descansaban, y de nuevo
alzaban vuelo
desde el escarpado terreno,
divisando palomares ajenos
de hierro en el hielo,
en el valle, en la rivera,
de hormigón hechos mansión.
Sus ojos desde los aires tristemente
divisaban
la arena de una, de dos,
de miles de playas y mares.
¡Tanta tierra,
y sin un rinconcito para ellas,
arar, y ver germinar,
donde sus noches y días
poder descansar!
Sus alas presurosas, explanaban
campos que empezaban a humedecerse
con el baño angelical.
Sus voces en concierto ni la fresca brisa les hacia callar.
¿Cuántas maravillas habían hecho en su ciudad,
y la mayoría no tenía
donde sus frías noches abrigar?
¿De qué les valía tanto trabajar, y trabajar,
si no tenían
un palomar donde sus críos arrullar,
y menos aún, alimentar
ni siquiera en las frías noches
de navidad?
¿A dónde el dinero de su duro
trabajo habría ido a parar?
Con estómagos vacios,
las palomas
de todos los colores
se habían cansado
de implorar,
un suelo repleto de granos
para sus vientres alimentar,
un techo para sus críos
abrigar,
Juntas en manada,
de tano volar y volar,
de tanto para ellas,
trabajar y trabajar,
de tanto los cielos y las tierras
con sus alas abiertas,
bajo lluvias
y soles, arar y arar,
hicieron el milagro
Vieron semillas de libertad
germinar en su suelo.
Pronto sus palomares
les vieron felices
sus críos arrullar
y alimentar.
Hoy el azuloso
océano celestial,
donde habitan
los dioses de todas
las estirpes y credos,
sonríen contemplando
las palomas de todos los colores
sin hilos enredados en sus patas
explanar su tierra
sin yugo, ni dueño,
hecha solo para el que
la quiera arar y hacer germinar;
para el que quiera las promesas
que trae el nuevo día,
hacer realidad.