Para mí, el abuelo era como mi padre

Évano

Libre, sin dioses.
Para mí, el abuelo era como mi padre.

Lo dijo con voz firme y segura, casi con lágrimas en los ojos. Tomaba mayor dramatismo dicho con golpes en los pechos.

Llamaba abuelo a un señor mayor al que cuidaba, cocinaba y servía.

Me acordé de treinta y tantos años atrás, cuando esperaba todos los días el autobús para ir al instituto de bachillerato. Valía cien pesetas los cuatro viajes diarios. Si alguna vez un coche paraba a nuestro autostop, el revisor del autobús apuntaba la matrícula y denunciaba, según bramaba. Entonces nosotros pensábamos que el pobre conductor debería pagar una multa por culpa nuestra, algo que apesadumbraba, por lo que muchos dejamos de hacer autostop.

Yo estuve de chófer un tiempo para el mencionado abuelo. Para Santa Susana, o algún otro nombre de santa, el veintiocho de agosto, celebraba el santo la abuela. En la fiesta se gastaban más de diez millones de pesetas, muchas de ellas iban a parar al caviar iraní, Beluga, creo recordar, el cual costaba la friolera de cien mil pesetas los poco mas de cien gramos. Baste decir que aquel dinero no lo ganaban ni más de veinte trabajadores al año.

A la fiesta acudía el dueño de los autobuses, el culpable de mis interminables caminatas para acudir al colegio, ya que me gustaba fumar y el dinero del transporte me lo gastaba en comprar un paquete o dos de tabaco. Luego, si tenía suerte, lograba vender cigarrillos sueltos entre los ratos de espera de las diferentes asignaturas. pero esa es otra historia.

En la fiesta todo eran risas, y tenía que de ser uno ingenioso e hinchar los pulmones de egoísmo y ceguera. Hinchar los carrillos rojizos, por la sangre ajena succionada, supongo. Luego, al terminar el festejo, salían con un aire de orgullo, un orgullo que no quiero adjetivar. Las patas les iban más lateralmente que de frente, por lo que los marcos de las puertas parecían bailar. Los ojos miraban a la nada del cielo.

Para mí, el abuelo era como mi padre, dijo mi hermana. Padrastro, pensé yo, un millonario más de la España del túnel, de las sotanas, látigos y señoritos. Mequetrefes.

Este es la gente del pueblo, pienso ahora, la gente que todavía besa los látigos de antaño, y los de hoy. Incultura, buena fe. Otro tipo de ceguera
 
Para mí, el abuelo era como mi padre.

Lo dijo con voz firme y segura, casi con lágrimas en los ojos. Tomaba mayor dramatismo dicho con golpes en los pechos.

Llamaba abuelo a un señor mayor al que cuidaba, cocinaba y servía.

Me acordé de treinta y tantos años atrás, cuando esperaba todos los días el autobús para ir al instituto de bachillerato. Valía cien pesetas los cuatro viajes diarios. Si alguna vez un coche paraba a nuestro autostop, el revisor del autobús apuntaba la matrícula y denunciaba, según bramaba. Entonces nosotros pensábamos que el pobre conductor debería pagar una multa por culpa nuestra, algo que apesadumbraba, por lo que muchos dejamos de hacer autostop.

Yo estuve de chófer un tiempo para el mencionado abuelo. Para Santa Susana, o algún otro nombre de santa, el veintiocho de agosto, celebraba el santo la abuela. En la fiesta se gastaban más de diez millones de pesetas, muchas de ellas iban a parar al caviar iraní, Beluga, creo recordar, el cual costaba la friolera de cien mil pesetas los poco mas de cien gramos. Baste decir que aquel dinero no lo ganaban ni más de veinte trabajadores al año.

A la fiesta acudía el dueño de los autobuses, el culpable de mis interminables caminatas para acudir al colegio, ya que me gustaba fumar y el dinero del transporte me lo gastaba en comprar un paquete o dos de tabaco. Luego, si tenía suerte, lograba vender cigarrillos sueltos entre los ratos de espera de las diferentes asignaturas. pero esa es otra historia.

En la fiesta todo eran risas, y tenía que de ser uno ingenioso e hinchar los pulmones de egoísmo y ceguera. Hinchar los carrillos rojizos, por la sangre ajena succionada, supongo. Luego, al terminar el festejo, salían con un aire de orgullo, un orgullo que no quiero adjetivar. Las patas les iban más lateralmente que de frente, por lo que los marcos de las puertas parecían bailar. Los ojos miraban a la nada del cielo.

Para mí, el abuelo era como mi padre, dijo mi hermana. Padrastro, pensé yo, un millonario más de la España del túnel, de las sotanas, látigos y señoritos. Mequetrefes.

Este es la gente del pueblo, pienso ahora, la gente que todavía besa los látigos de antaño, y los de hoy. Incultura, buena fe. Otro tipo de ceguera

Muy buena narrativa, de las que atrapan desde el principio hasta el fin, recordar es volver a vivir, es bello el amor filial
Saludos afectuosos Poeta
 
Para mí, el abuelo era como mi padre.

Lo dijo con voz firme y segura, casi con lágrimas en los ojos. Tomaba mayor dramatismo dicho con golpes en los pechos.

Llamaba abuelo a un señor mayor al que cuidaba, cocinaba y servía.

Me acordé de treinta y tantos años atrás, cuando esperaba todos los días el autobús para ir al instituto de bachillerato. Valía cien pesetas los cuatro viajes diarios. Si alguna vez un coche paraba a nuestro autostop, el revisor del autobús apuntaba la matrícula y denunciaba, según bramaba. Entonces nosotros pensábamos que el pobre conductor debería pagar una multa por culpa nuestra, algo que apesadumbraba, por lo que muchos dejamos de hacer autostop.

Yo estuve de chófer un tiempo para el mencionado abuelo. Para Santa Susana, o algún otro nombre de santa, el veintiocho de agosto, celebraba el santo la abuela. En la fiesta se gastaban más de diez millones de pesetas, muchas de ellas iban a parar al caviar iraní, Beluga, creo recordar, el cual costaba la friolera de cien mil pesetas los poco mas de cien gramos. Baste decir que aquel dinero no lo ganaban ni más de veinte trabajadores al año.

A la fiesta acudía el dueño de los autobuses, el culpable de mis interminables caminatas para acudir al colegio, ya que me gustaba fumar y el dinero del transporte me lo gastaba en comprar un paquete o dos de tabaco. Luego, si tenía suerte, lograba vender cigarrillos sueltos entre los ratos de espera de las diferentes asignaturas. pero esa es otra historia.

En la fiesta todo eran risas, y tenía que de ser uno ingenioso e hinchar los pulmones de egoísmo y ceguera. Hinchar los carrillos rojizos, por la sangre ajena succionada, supongo. Luego, al terminar el festejo, salían con un aire de orgullo, un orgullo que no quiero adjetivar. Las patas les iban más lateralmente que de frente, por lo que los marcos de las puertas parecían bailar. Los ojos miraban a la nada del cielo.

Para mí, el abuelo era como mi padre, dijo mi hermana. Padrastro, pensé yo, un millonario más de la España del túnel, de las sotanas, látigos y señoritos. Mequetrefes.

Este es la gente del pueblo, pienso ahora, la gente que todavía besa los látigos de antaño, y los de hoy. Incultura, buena fe. Otro tipo de ceguera
Interesante narración y un poco desconcertante. Reflejo de esa realidad que todavía nos aprisiona, donde personas tienen que vivir de sueldos miserables o indignas ayudas sociales y otros en cambio parecen haber venido para disfrutar de todos los bienes de este mundo. Buena prosa. Un abrazo. LUIS.
 

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