Isidro Dichter
Poeta recién llegado
Augsburgo, mi ciudad, se viste hoy de un gris plomizo,
y la lluvia me inunda de pesada y gris melancolía.
Ya va para siete años que ni una vez nos hemos visto,
y otra vez yo pienso en ti, y te he recordado hoy, Virginia.
No te daré un seudónimo; no ocultaré tu hermoso nombre.
Tú -y ninguna otra- me has causado este horrible ardor.
A riesgo de ser mal amigo, te confieso lo que me carcome;
hoy te arrebato yo la paz; hoy te confieso a ti mi amor.
Es real mi amor por ti, amiga. ¿Nos hubiéramos tú y yo amado?
¿Acaso no eres para mí inmortalmente querida?
Enguirnaldada, de azahares coronada, tantas veces te he soñado;
hermosa sería la vida contigo, tuyo yo y tú mía.
Me he hecho a mí mismo pagar muy caro, por cobarde,
no haberte dicho antes lo que había en mi corazón.
Es que era joven y espurio y no tenía nada para darte,
e inseguro, te oculté el secreto sacro de mi amor.
Oírte en nuestro idioma decir que me amas, -¡ay, Virginia!-
sería el cielo, la locura, la pasión ideal y eterna.
Por ello hubiera dejado todo, por mor de ti yo existiría,
y todo lo haría por ti, mi hermosa, enguirnaldada reina...
A conciertos, a oír misa en latín, allí estaríamos tú y yo,
felices cómplices en nuestra unión eterna, espiritual.
Dichoso sería yo a tu vera, tan dichoso en tu amor;
por fin junto a una mujer sensible, inteligente y especial.
Ver tus ojos verdes-jade y tu tez dorada, castiza, adusta
en nuestros hijos superiores, dulces, bellos como tú.
Hacer contigo un hogar en nuestra patria majestuosa,
de tu mano ver los áureos celajes de nuestro hermoso sur.
Pero no fue así: Yo me marché un día a otras tierras,
y tú te quedaste atrás, sustancia dulce e idealizada.
¡Cuánto tiempo ha pasado! ¿Porqué tu imagen no se borra?
En pos de tu rostro voy por nieblas frías de la Germania.
~
Se ríe de mí un grupo de chicas rubias, algo asombradas:
frustrado, he hecho un ademán sobre el vacío del bar oscuro;
he querido palpar tu rostro y te esfumaste sobre mi cerveza...
Mis lágrimas, Virginia, son un afluente más para el Danubio.
y la lluvia me inunda de pesada y gris melancolía.
Ya va para siete años que ni una vez nos hemos visto,
y otra vez yo pienso en ti, y te he recordado hoy, Virginia.
No te daré un seudónimo; no ocultaré tu hermoso nombre.
Tú -y ninguna otra- me has causado este horrible ardor.
A riesgo de ser mal amigo, te confieso lo que me carcome;
hoy te arrebato yo la paz; hoy te confieso a ti mi amor.
Es real mi amor por ti, amiga. ¿Nos hubiéramos tú y yo amado?
¿Acaso no eres para mí inmortalmente querida?
Enguirnaldada, de azahares coronada, tantas veces te he soñado;
hermosa sería la vida contigo, tuyo yo y tú mía.
Me he hecho a mí mismo pagar muy caro, por cobarde,
no haberte dicho antes lo que había en mi corazón.
Es que era joven y espurio y no tenía nada para darte,
e inseguro, te oculté el secreto sacro de mi amor.
Oírte en nuestro idioma decir que me amas, -¡ay, Virginia!-
sería el cielo, la locura, la pasión ideal y eterna.
Por ello hubiera dejado todo, por mor de ti yo existiría,
y todo lo haría por ti, mi hermosa, enguirnaldada reina...
A conciertos, a oír misa en latín, allí estaríamos tú y yo,
felices cómplices en nuestra unión eterna, espiritual.
Dichoso sería yo a tu vera, tan dichoso en tu amor;
por fin junto a una mujer sensible, inteligente y especial.
Ver tus ojos verdes-jade y tu tez dorada, castiza, adusta
en nuestros hijos superiores, dulces, bellos como tú.
Hacer contigo un hogar en nuestra patria majestuosa,
de tu mano ver los áureos celajes de nuestro hermoso sur.
Pero no fue así: Yo me marché un día a otras tierras,
y tú te quedaste atrás, sustancia dulce e idealizada.
¡Cuánto tiempo ha pasado! ¿Porqué tu imagen no se borra?
En pos de tu rostro voy por nieblas frías de la Germania.
~
Se ríe de mí un grupo de chicas rubias, algo asombradas:
frustrado, he hecho un ademán sobre el vacío del bar oscuro;
he querido palpar tu rostro y te esfumaste sobre mi cerveza...
Mis lágrimas, Virginia, son un afluente más para el Danubio.
Última edición: