Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
PARÁBOLA DEL NUMERO INFINITO
Infinitos puntos erigen la recta, sobre arena la disgregan .
Incontables piedras se levantan en fúlgidos altares
al final, donde grávido aletea el último guarismo.
El primer infinito es un primer fuego
cuya imagen revela, a trasluz, un interminable coloquio de imanes.
De aquel infinito a este instante ocurre lo relativo
y una larga cadena de núcleos absolutos se renueva,
sin otra pretensión que hacer ecuánime la evidencia,
desamarrar el nudo que atrapa la malicia y su alter ego.
Del infinito al tiempo solo basta un pensamiento
y mientras se emancipa ese único momento
aún se agregan, simultáneos, nuevos infinitos.
Para viajar al infinito se pasa por la sombra,
pero también, por un sidéreo coro,
por un agua soslevada y de magma,
por el vítreo fuego de una desdicha indeseada.
En la recta crecen levedades numéricas,
oscuras edades van reverdeciendo
en forma desproporcionada y salvaje
mientras utópicos puentes
tendidos hacia un estado sin gestos, ni pociones,
regresan al primer punto, al primer infinito.
Se podría viajar frenéticamente hasta ese centro,
jamás regresar de su infranqueable ostracismo,
pero una animadversión de cifras y floras,
una implosión de agujeros enemigos,
deberá develar su clave más excelsa,
acercarnos, etérea, al ínfimo segundo,
el primer susurro de un instante,
el eterno suspiro en la conciencia.
Infinitos puntos erigen la recta, sobre arena la disgregan .
Incontables piedras se levantan en fúlgidos altares
al final, donde grávido aletea el último guarismo.
El primer infinito es un primer fuego
cuya imagen revela, a trasluz, un interminable coloquio de imanes.
De aquel infinito a este instante ocurre lo relativo
y una larga cadena de núcleos absolutos se renueva,
sin otra pretensión que hacer ecuánime la evidencia,
desamarrar el nudo que atrapa la malicia y su alter ego.
Del infinito al tiempo solo basta un pensamiento
y mientras se emancipa ese único momento
aún se agregan, simultáneos, nuevos infinitos.
Para viajar al infinito se pasa por la sombra,
pero también, por un sidéreo coro,
por un agua soslevada y de magma,
por el vítreo fuego de una desdicha indeseada.
En la recta crecen levedades numéricas,
oscuras edades van reverdeciendo
en forma desproporcionada y salvaje
mientras utópicos puentes
tendidos hacia un estado sin gestos, ni pociones,
regresan al primer punto, al primer infinito.
Se podría viajar frenéticamente hasta ese centro,
jamás regresar de su infranqueable ostracismo,
pero una animadversión de cifras y floras,
una implosión de agujeros enemigos,
deberá develar su clave más excelsa,
acercarnos, etérea, al ínfimo segundo,
el primer susurro de un instante,
el eterno suspiro en la conciencia.