Manuel Avilés Mora
Pluma libre
El tiempo...
Ese anciano que nunca muere,
mesa sus barbas, mirando sentado en su escritorio
como mi piel se agrieta con su aliento;
achica mis ojos por la falta de luz
y llena mis manos de la nostalgia
que derraman los versos de un anciano.
Sus hijas las horas y sus nietos los minutos,
pasan junto a mí, riendo la nueva vida
que se va apagando recién nacida, como se apaga
la voz del poeta cuando acaba un verso.
La noche con su abrazo negro,
me empuja como un niño ansioso que ve
que le llega el turno en sus juegos.
Todo se vuelve negro.
Mi pluma, ahí sobre la mesa, llora;
llora cuando ve que el tiempo
le cambió el abrazo de mi mano
por la tranquilidad no pedida del olvido.
El amarillento papel, antes el lienzo donde
uno a uno desgranaba el lento pasar de los días,
ve ahora como un monstruo de muchas letras
me ofrece una ventana al mundo;
ve como lo relego por mor de la ceguera
que me causó el tiempo,
arrojándome puñados de años a los ojos.
Ya el poeta no escribe con tinta;
pero los sentimientos siguen desbordando
hojas y hojas del papel no cierto
que hacen de mí un mero instrumento,
en la comedia no escrita, que tatúa en mí
la pluma sin tinta que le teclea arrugas
a la piel cuarteada de mi tiempo.
Ese anciano que nunca muere,
mesa sus barbas, mirando sentado en su escritorio
como mi piel se agrieta con su aliento;
achica mis ojos por la falta de luz
y llena mis manos de la nostalgia
que derraman los versos de un anciano.
Sus hijas las horas y sus nietos los minutos,
pasan junto a mí, riendo la nueva vida
que se va apagando recién nacida, como se apaga
la voz del poeta cuando acaba un verso.
La noche con su abrazo negro,
me empuja como un niño ansioso que ve
que le llega el turno en sus juegos.
Todo se vuelve negro.
Mi pluma, ahí sobre la mesa, llora;
llora cuando ve que el tiempo
le cambió el abrazo de mi mano
por la tranquilidad no pedida del olvido.
El amarillento papel, antes el lienzo donde
uno a uno desgranaba el lento pasar de los días,
ve ahora como un monstruo de muchas letras
me ofrece una ventana al mundo;
ve como lo relego por mor de la ceguera
que me causó el tiempo,
arrojándome puñados de años a los ojos.
Ya el poeta no escribe con tinta;
pero los sentimientos siguen desbordando
hojas y hojas del papel no cierto
que hacen de mí un mero instrumento,
en la comedia no escrita, que tatúa en mí
la pluma sin tinta que le teclea arrugas
a la piel cuarteada de mi tiempo.
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