Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Dedicado a Guadalupe
Pasó la noche en su silencio
notas garabateadas en el cielo,
tierra con grillos, coreando
en las gargantas.
Pasaron despacio al principio
uno tras otro, los meses,
se detuvo el tiempo,
saboreó margaritas
en los campos de verdes lenguas,
girasoles de viento
con mirada cautiva.
Colmaron las expectativas
las cimas
de esa cordillera sin piedras
a pesar de las soledades.
Pasó mi yo, el tú y el nuestro,
el jarrón con grietas
que dejó resbalar el agua
de la que bebimos ambos,
el roto en los tejados
por el que se colaron los gatos
que llevaban nuestros gritos,
esos nombres manuscritos en collares
sin espinas en el cuello.
Pasó el primero y el último
de los órganos de nuestros cuerpos
con la música de sus huesos
al entrechocar unos con otros
y sus tendones y músculos
y esa piel ya definida
en el vientre de un tambor.
Sonó tu rezo,
la rodilla del sauce inclinada a sus raíces
el nudo de su sed al fin deshecho.
Pasó lo que tenía que pasar entre nosotros
y nadie dijo sus últimas palabras
y nadie esperó la última respuesta
de una pregunta que no fue necesaria.
Pasó con más gloria que pena
nuestro año
y todo pasa como dicen otros,
menos los dedos
que escriben tu nombre,
en la pantalla iluminada del móvil.
Pasó la noche en su silencio
notas garabateadas en el cielo,
tierra con grillos, coreando
en las gargantas.
Pasaron despacio al principio
uno tras otro, los meses,
se detuvo el tiempo,
saboreó margaritas
en los campos de verdes lenguas,
girasoles de viento
con mirada cautiva.
Colmaron las expectativas
las cimas
de esa cordillera sin piedras
a pesar de las soledades.
Pasó mi yo, el tú y el nuestro,
el jarrón con grietas
que dejó resbalar el agua
de la que bebimos ambos,
el roto en los tejados
por el que se colaron los gatos
que llevaban nuestros gritos,
esos nombres manuscritos en collares
sin espinas en el cuello.
Pasó el primero y el último
de los órganos de nuestros cuerpos
con la música de sus huesos
al entrechocar unos con otros
y sus tendones y músculos
y esa piel ya definida
en el vientre de un tambor.
Sonó tu rezo,
la rodilla del sauce inclinada a sus raíces
el nudo de su sed al fin deshecho.
Pasó lo que tenía que pasar entre nosotros
y nadie dijo sus últimas palabras
y nadie esperó la última respuesta
de una pregunta que no fue necesaria.
Pasó con más gloria que pena
nuestro año
y todo pasa como dicen otros,
menos los dedos
que escriben tu nombre,
en la pantalla iluminada del móvil.