Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
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Ella, siempre tan religiosa, se extraviaba en el traje de luces, la montera, el enorme estoque, pero sobre todo en la perversión de la postal que le regalaba a sus ojos el impune estrangulamiento que debía sufrir en el pene y los testículos al caminar su deseado novillero, le hacia sentir palpitaciones en la vagina que le olía a miel de sexo y en la decencia y el pecar y el; ¿ufff, Dios, qué hacer?.
Y él allá, en el ruedo jugándose el pellejo, y ella en el primer tendido soñando a jugar con su prepucio. Y piadosa como era no pudo mas y levantó al cielo una plegaria; Dios, regálame en corazón el sentir de una tremenda cogida.
Y Dios la escuchó y distrajo con un viento el capote del muchacho que siendo descubierto, recibió de un jalón el pitón del burel, con dos trayectorias, justo en el recto.
Gayo 5.7.10 olé olé oleeeé, olé, olé
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Ella, siempre tan religiosa, se extraviaba en el traje de luces, la montera, el enorme estoque, pero sobre todo en la perversión de la postal que le regalaba a sus ojos el impune estrangulamiento que debía sufrir en el pene y los testículos al caminar su deseado novillero, le hacia sentir palpitaciones en la vagina que le olía a miel de sexo y en la decencia y el pecar y el; ¿ufff, Dios, qué hacer?.
Y él allá, en el ruedo jugándose el pellejo, y ella en el primer tendido soñando a jugar con su prepucio. Y piadosa como era no pudo mas y levantó al cielo una plegaria; Dios, regálame en corazón el sentir de una tremenda cogida.
Y Dios la escuchó y distrajo con un viento el capote del muchacho que siendo descubierto, recibió de un jalón el pitón del burel, con dos trayectorias, justo en el recto.
Gayo 5.7.10 olé olé oleeeé, olé, olé
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