Tomasa
Poeta recién llegado
Estoy medio borracho y dándole vueltas al insomnio,
manoseándolo ansiosamente como si fuera
un jodido cubo de Rubik que, por supuesto,
no voy a conseguir resolver en toda la noche.
Me agrede un pensamiento
encaramado al techo de la habitación,
como un letrero lleno de insidia
que ilumina las tinieblas:
"como no puedes aspirar a nada,
te revuelcas igual que un cochino
en la cochambre de tu mediocridad".
De repente me sorprende un mensaje de WhatsApp
sacudiendo la madrugada,
casi un cable que el destino me echa
para salir de mi viscoso ensimismamiento.
Se trata de un enlace,
y me quedo con la mosca detrás de la oreja,
sobre todo conociendo la pedrada
del contacto que me lo ha enviado.
Como no puedo pegar ojo y me pica
la curiosidad,
decido darle una oportunidad al enredo
y pincho en el enlace;
es un microrrelato titulado "Parábola del chino infalible":
<<Había un chino de mirada astuta y nabo tieso
sobre la cumbre de una descomunal montaña;
una caterva de pringados procedentes
de las cuatro esquinas de la chabola global
peregrinaron hasta la cumbre de dicha montaña
para formularle, con labios trémulos y arrobada prosodia,
su gran pregunta existencial al chino:
-Maestro, ¿qué es el bien y qué es el mal?-
-Pequeños saltamontes o purrela del siglo aquí congregada,
el bien es todo aquello que me beneficia,
y el mal es todo aquello que me chapa-.
Los estupefactos discípulos se miraron entre sí,
heridos por el zarpazo de una certidumbre cósmica,
y regresaron meditabundos a sus respectivos cuchitriles.
Y colorín, colorado, esta mierda me he currado>>.
Apenas logro arrastrarme fuera del asombro
que me ha provocado la parábola del chino,
cuando me golpea una nueva notificación,
esta vez de un panfleto digital;
la noticia viene a informar
sobre la condena a cadena perpetua
de nada más y nada menos
que el nieto de Curro Jiménez
(no puedo evitar un fugaz recuerdo
de su trabuco por Sierra Morena).
Sancho, con Tailandia hemos topado.
Yo aquí, comiéndome el tarro y sin dormir,
quejándome de vicio,
y resulta que a mi compatriota Daniel Sancho
le van a poner el hojaldre como un bebedero de patos
durante el resto de su vida en una cárcel tailandesa,
por haber hecho añicos a un cirujano plástico.
Esta demoledora perspectiva me fuerza
a reconsiderar mi suerte bajo una luz distinta;
¿pero quién coño me iba a decir a mí
que el teléfono móvil se pondría de mi lado
para mantener al insomnio a raya?
Apago. Voy por otra cerveza. La última. Lo juro.
A la mañana siguiente me despierto
con ganas de huevos fritos y bacon.
manoseándolo ansiosamente como si fuera
un jodido cubo de Rubik que, por supuesto,
no voy a conseguir resolver en toda la noche.
Me agrede un pensamiento
encaramado al techo de la habitación,
como un letrero lleno de insidia
que ilumina las tinieblas:
"como no puedes aspirar a nada,
te revuelcas igual que un cochino
en la cochambre de tu mediocridad".
De repente me sorprende un mensaje de WhatsApp
sacudiendo la madrugada,
casi un cable que el destino me echa
para salir de mi viscoso ensimismamiento.
Se trata de un enlace,
y me quedo con la mosca detrás de la oreja,
sobre todo conociendo la pedrada
del contacto que me lo ha enviado.
Como no puedo pegar ojo y me pica
la curiosidad,
decido darle una oportunidad al enredo
y pincho en el enlace;
es un microrrelato titulado "Parábola del chino infalible":
<<Había un chino de mirada astuta y nabo tieso
sobre la cumbre de una descomunal montaña;
una caterva de pringados procedentes
de las cuatro esquinas de la chabola global
peregrinaron hasta la cumbre de dicha montaña
para formularle, con labios trémulos y arrobada prosodia,
su gran pregunta existencial al chino:
-Maestro, ¿qué es el bien y qué es el mal?-
-Pequeños saltamontes o purrela del siglo aquí congregada,
el bien es todo aquello que me beneficia,
y el mal es todo aquello que me chapa-.
Los estupefactos discípulos se miraron entre sí,
heridos por el zarpazo de una certidumbre cósmica,
y regresaron meditabundos a sus respectivos cuchitriles.
Y colorín, colorado, esta mierda me he currado>>.
Apenas logro arrastrarme fuera del asombro
que me ha provocado la parábola del chino,
cuando me golpea una nueva notificación,
esta vez de un panfleto digital;
la noticia viene a informar
sobre la condena a cadena perpetua
de nada más y nada menos
que el nieto de Curro Jiménez
(no puedo evitar un fugaz recuerdo
de su trabuco por Sierra Morena).
Sancho, con Tailandia hemos topado.
Yo aquí, comiéndome el tarro y sin dormir,
quejándome de vicio,
y resulta que a mi compatriota Daniel Sancho
le van a poner el hojaldre como un bebedero de patos
durante el resto de su vida en una cárcel tailandesa,
por haber hecho añicos a un cirujano plástico.
Esta demoledora perspectiva me fuerza
a reconsiderar mi suerte bajo una luz distinta;
¿pero quién coño me iba a decir a mí
que el teléfono móvil se pondría de mi lado
para mantener al insomnio a raya?
Apago. Voy por otra cerveza. La última. Lo juro.
A la mañana siguiente me despierto
con ganas de huevos fritos y bacon.
Última edición: