Te apareciste en mi espacio,
en mi nostalgia repetida,
sólo días y horas
desde tu aparición,
tal vez nada más.
No obstante,
ubico tu silencio,
soy compinche de tus lágrimas,
me llevo
con tus carcajadas sutiles,
dulcemente sutiles...
Te apareciste con precisión,
con ímpetu agradable,
hasta tal punto
de quemar
un amor maldito
en unos raudos segundos
¡con una sola mirada cándida!
En el filo estridente
del desfallecimiento,
tú me recogiste...
Ayer,
cuando era de noche,
tuvimos una leve discusión
poco antes de tu partida dictada,
dictada por ti
antes de la nombrada discusión.
Creí entenderte,
subestimando al tiempo...
Y ayer,
con la seguridad máxima
del gran inocente,
creyendo entenderte,
pensé que hoy
no ibas a llegar...
¡Alguien tocó el timbre!
eres tú
y no lo entiendo.
Recién, recién aprendo
a no discutir con el tiempo
y sus recónditos pensamientos...