Entre las sábanas una casa embalsamada
unas piernas insinuantes de mujer insinuada
golpean los vidrios de la ventana cegada
los atronadores ecos de las batallas lejanas
Es el mercado de esclavos
se cambian vidas por rosas
enjoyadas melodías
por doncellas abundosas
Bajan las nubes preñadas por las lluvias grises
hay que ocultar la ciudad paralizar los tranvías
si se apagan las luciérnagas se acabarán las viudas virtuosas
y los ratones que devoran bibliotecas
traducirán en espasmos los venenos de las novelas de amor
Por la alameda de cirios
avanzan hirsutos guardianes
arrancando en su desprecio
manuales charlatanes
Cómo nacen las lujurias sobre los pechos lascivos
en la ciudad ignorada entre sábanas rosadas
entre ídolos armenios todos con barbas de chivo
cómo vuelan empequeñecidos aquellos grandes oradores
que arrastraron a las masas al delirio colectivo
dejando vacías las plazas donde se celebra el mercado semanal
Pequeña ciudad sonriente de provincias
concreción mineralógica de eternidades residuales
que no encuentran acomodo en los pechos opulentos de las damas
ni en las llamas oscilantes de las lámparas votivas
allí los húsares a caballo hacen girar facistoles
asustando a los geranios floridos
En la plaza ahora desierta
restos de caza furtiva
y amores bajo el gran castaño
encuadran la perspectiva.
Imaginad la muralla que estrellaba el horizonte contra el cielo
imaginad -sólo imaginad- los vencejos que trasminan trigo y vuelos
vieja ciudad de provincias
piedra y nube
joya y sombra
mujer que se entrega
sueño ...
Max Ernst. “Epifanía”. 1940
unas piernas insinuantes de mujer insinuada
golpean los vidrios de la ventana cegada
los atronadores ecos de las batallas lejanas
Es el mercado de esclavos
se cambian vidas por rosas
enjoyadas melodías
por doncellas abundosas
Bajan las nubes preñadas por las lluvias grises
hay que ocultar la ciudad paralizar los tranvías
si se apagan las luciérnagas se acabarán las viudas virtuosas
y los ratones que devoran bibliotecas
traducirán en espasmos los venenos de las novelas de amor
Por la alameda de cirios
avanzan hirsutos guardianes
arrancando en su desprecio
manuales charlatanes
Cómo nacen las lujurias sobre los pechos lascivos
en la ciudad ignorada entre sábanas rosadas
entre ídolos armenios todos con barbas de chivo
cómo vuelan empequeñecidos aquellos grandes oradores
que arrastraron a las masas al delirio colectivo
dejando vacías las plazas donde se celebra el mercado semanal
Pequeña ciudad sonriente de provincias
concreción mineralógica de eternidades residuales
que no encuentran acomodo en los pechos opulentos de las damas
ni en las llamas oscilantes de las lámparas votivas
allí los húsares a caballo hacen girar facistoles
asustando a los geranios floridos
En la plaza ahora desierta
restos de caza furtiva
y amores bajo el gran castaño
encuadran la perspectiva.
Imaginad la muralla que estrellaba el horizonte contra el cielo
imaginad -sólo imaginad- los vencejos que trasminan trigo y vuelos
vieja ciudad de provincias
piedra y nube
joya y sombra
mujer que se entrega
sueño ...
Max Ernst. “Epifanía”. 1940