Huir de mí por huir de ti misma,
con el último jirón de mi destino
y el terrible búho de tu necesidad.
Materia de cuestas infinitas,
que se industrializa al pie
de mis tristezas,
entre el doblez de mis muñecas
mojadas de sueños.
Y se apoya en mi cabeza,
mientras despierto en un sitio
donde se yerguen dos puertas,
abriéndose cerrándose.
Una la de tu sombra inclinada
a mi memoria, otra la de tus ojos
ignorando mi existencia.
Y ya estas lejos;
mi dolor se repite
en cada uno de mis huesos,
y grita de amígdala una constante
melancolía, y llora un olvido
cuando se acuerda de sí mismo.
Quién sino tú engendra un instante
impelido por la espera,
un hacerse uno con la cara
dibujada por la soledad.
Un torvo imposible que se mete
en los bolsillos, obstetrizado
al no más que me reprende
y que busca las seis de la tarde.
Intentaba aprender
como eras, quererte como eras,
en los decilitros del desconocimiento,
en la parte más dúctil del estupor.
Quedarme viéndote la boca
pronunciar repulgos de perdón,
transido, aciago y distante.
Hasta que madure la oruga de tu corazón,
tu lóbrega inmortalidad.
Nadar mar adentro en tu pelo,
mezclar el día y la noche en la fruición
de tus cejas, que ames
mi voz desfigurada de tristeza.
Adiós licor donde un hombre no pudo
entrometerse, humillado ipso facto
hasta la cutícula.
Como desconocida espatarrabas
mi cariño en un compás
de melancolía inevitable.
Para tu nombre escribí trescientos
versos que flotan sobre el agua,
que viajaron distancias infinitas
a endulzar tus tardes.
Tejieron con hilos de oro tu recuerdo,
pero de nada sirvieron:
fueron sólo tinta y palabras,
miserables, en el lagrimal
de un para siempre.
Adonde las cenizas
colorean mi estrategia perdida,
de que por fin me necesites.
con el último jirón de mi destino
y el terrible búho de tu necesidad.
Materia de cuestas infinitas,
que se industrializa al pie
de mis tristezas,
entre el doblez de mis muñecas
mojadas de sueños.
Y se apoya en mi cabeza,
mientras despierto en un sitio
donde se yerguen dos puertas,
abriéndose cerrándose.
Una la de tu sombra inclinada
a mi memoria, otra la de tus ojos
ignorando mi existencia.
Y ya estas lejos;
mi dolor se repite
en cada uno de mis huesos,
y grita de amígdala una constante
melancolía, y llora un olvido
cuando se acuerda de sí mismo.
Quién sino tú engendra un instante
impelido por la espera,
un hacerse uno con la cara
dibujada por la soledad.
Un torvo imposible que se mete
en los bolsillos, obstetrizado
al no más que me reprende
y que busca las seis de la tarde.
Intentaba aprender
como eras, quererte como eras,
en los decilitros del desconocimiento,
en la parte más dúctil del estupor.
Quedarme viéndote la boca
pronunciar repulgos de perdón,
transido, aciago y distante.
Hasta que madure la oruga de tu corazón,
tu lóbrega inmortalidad.
Nadar mar adentro en tu pelo,
mezclar el día y la noche en la fruición
de tus cejas, que ames
mi voz desfigurada de tristeza.
Adiós licor donde un hombre no pudo
entrometerse, humillado ipso facto
hasta la cutícula.
Como desconocida espatarrabas
mi cariño en un compás
de melancolía inevitable.
Para tu nombre escribí trescientos
versos que flotan sobre el agua,
que viajaron distancias infinitas
a endulzar tus tardes.
Tejieron con hilos de oro tu recuerdo,
pero de nada sirvieron:
fueron sólo tinta y palabras,
miserables, en el lagrimal
de un para siempre.
Adonde las cenizas
colorean mi estrategia perdida,
de que por fin me necesites.