¿Quién cargaría conmigo el peso
de la perfecta tristeza cristalina?
¿De qué manera me desharía
del aguacero en mi desierto,
si está en mi celo la sal protegida,
en mis ideales, mis notas claras,
la voz que anima mi paso al sueño,
en donde esconde un duende el acero?
Mi corazón frío, se quema entero.
¿Cómo entender aquél desconcierto?
Y cuantas más lágrimas recoge,
más fuerte late y emerge el trueno,
el llamado al mezquino infierno,
que se traga las penas de mis hermanos,
a detener su escalada excelsa
hacia la cumbre de mil destellos,
donde no habito yo, empero,
sino el vacío de mi locura enferma,
la prisionera de este laberinto blanco
que me pide más llanto que el de un humano
para crear su océano vasto y sagrado.
Por ella vengo a romper candados
pero sostenemos el peso de los barrotes,
ella y yo, y las sonrisas en estos recargadas.
Me adentro en un nuevo sufrimiento
sin sentido, eterno. No aquél de los santos muertos
y sus deudos que, artistas, describen el llanto perfecto.
de la perfecta tristeza cristalina?
¿De qué manera me desharía
del aguacero en mi desierto,
si está en mi celo la sal protegida,
en mis ideales, mis notas claras,
la voz que anima mi paso al sueño,
en donde esconde un duende el acero?
Mi corazón frío, se quema entero.
¿Cómo entender aquél desconcierto?
Y cuantas más lágrimas recoge,
más fuerte late y emerge el trueno,
el llamado al mezquino infierno,
que se traga las penas de mis hermanos,
a detener su escalada excelsa
hacia la cumbre de mil destellos,
donde no habito yo, empero,
sino el vacío de mi locura enferma,
la prisionera de este laberinto blanco
que me pide más llanto que el de un humano
para crear su océano vasto y sagrado.
Por ella vengo a romper candados
pero sostenemos el peso de los barrotes,
ella y yo, y las sonrisas en estos recargadas.
Me adentro en un nuevo sufrimiento
sin sentido, eterno. No aquél de los santos muertos
y sus deudos que, artistas, describen el llanto perfecto.
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