Gyada Orion
Poeta recién llegado
La penumbra se convirtió en niebla
y mis ojos se crisparon enrojecidos,
la pesadez de la noche no tenía sentido
y mi sombra desesperaba por el alba.
Mi cuerpo dejó de pertenecerme
y los sentidos dibujaron laberintos,
caos de vergel enmarañando rocas
piel despellejada agrietando muros.
Mi mano camina las alturas blancas
de paredes que confinan con el mundo,
acariciando primero rasgando luego
masticando las capas de añejas pinturas.
Se clavan las uñas en la mampostería
arrancando sus historias muertas de olvido,
seccionando mudos ladrillos que aúllan
los ecos secretos de llantos resecos.
Mano del corazón derramando su savia
entre musgos y arenas mezcladas con rabia,
los dedos pierden su armadura y lloran
la piel de los sueños que ya se evapora.
Multiforme desliz de las quimeras sin rumbo
vacío interior aislado en el maldito mundo,
mano sin carne extirpando guijarros amorfos
como las sensaciones que olvidaron mi ser.
La pared de las sombras derruida desploma
la lobreguez de la nada a mis pies y queda,
una negra boca de olvido como polvo de muerte
sin luces ni figuras ni horizontes ni tiempos.
La mano en huesos sangrantes no llora ni gime
ni la pared lloriquea ni las tinieblas se disipan,
ni llanto ni olvido ni paz ni alegría ni lamento
el pasado ha pasado y el futuro es más incierto.
Los sentidos resurgen abriendo las luces acuosas
y el cuerpo gira hacia la mano derecha temblorosa,
que entre el caos acariciaba dulce y suavemente
un rostro oculto en los pétalos de una mística rosa.