il_duende
Poeta recién llegado
Eres como una hostia de suspiros abrazados,
lluvia de silvestres pájaros,
y caes a mis manos
como trozo de nieve cálida
entre la savia de la luz vertical
tejida, en un castillo de plata hilvanada,
de pétalo y labio,
como una pandilla transparente,
amor de odio encantado,
pétreo, temblando de céfiro
en un grito de alejadas rosas
perdidas de tristezas;
verde en un gnomo como un manchado lirio,
manchado en un regocijo de hojas lanzadas
al pozo amarillo.
Eres mi hojarasca de ángeles descarriados,
vertida hacia la cordillera de mis besos
anhelantes en un roce de tierra y árbol,
casa y huerto,
surtidor y leche,
pan y tumba,
callado de pupila de trigo,
cosiendo la sábana de polvo
levantada por la entumecida tarde
de aguas juguetonas,
hasta el encuentro con tu risa.
¿Por qué hurtada
la rosa de noche?
Entonces te quité una sonrisa de cristal
y la estrellé contra el cielo,
la estrellé mil veces en un golpe infinito
de muro y marejada.
Vino a mí
rasgando el velo de los ángeles,
de los huracanados silencios,
de las ínclitas rendijas de los montes
allá, más allá de tus pechos arrodillados,
en una oración de sangre,
junto a las esquinas torcidas,
arrojadas en desparramo de perlas,
susurros ocres, lejanos,
horizontales,
en alarido de polvo.
Junta tus manos,
mira cómo se van
en un canto de palomas blancas,
un costalazo de cielo
al través de las cortinas de la tierra,
se van al arquero
atraviesa al perfume de la rosa,
agoniza hasta tus ojos.
lluvia de silvestres pájaros,
y caes a mis manos
como trozo de nieve cálida
entre la savia de la luz vertical
tejida, en un castillo de plata hilvanada,
de pétalo y labio,
como una pandilla transparente,
amor de odio encantado,
pétreo, temblando de céfiro
en un grito de alejadas rosas
perdidas de tristezas;
verde en un gnomo como un manchado lirio,
manchado en un regocijo de hojas lanzadas
al pozo amarillo.
Eres mi hojarasca de ángeles descarriados,
vertida hacia la cordillera de mis besos
anhelantes en un roce de tierra y árbol,
casa y huerto,
surtidor y leche,
pan y tumba,
callado de pupila de trigo,
cosiendo la sábana de polvo
levantada por la entumecida tarde
de aguas juguetonas,
hasta el encuentro con tu risa.
¿Por qué hurtada
la rosa de noche?
Entonces te quité una sonrisa de cristal
y la estrellé contra el cielo,
la estrellé mil veces en un golpe infinito
de muro y marejada.
Vino a mí
rasgando el velo de los ángeles,
de los huracanados silencios,
de las ínclitas rendijas de los montes
allá, más allá de tus pechos arrodillados,
en una oración de sangre,
junto a las esquinas torcidas,
arrojadas en desparramo de perlas,
susurros ocres, lejanos,
horizontales,
en alarido de polvo.
Junta tus manos,
mira cómo se van
en un canto de palomas blancas,
un costalazo de cielo
al través de las cortinas de la tierra,
se van al arquero
atraviesa al perfume de la rosa,
agoniza hasta tus ojos.
::