La blanca sábana y los pétalos de la rosa roja yacían como testigos mudos de una odisea (o de una tragedia), nadie lo supo. Cada pétalo...una caricia, un gemido, un beso. Cada pétalo...una puñalada, una vena abierta, una lágrima. No era una sábana, sino un cuerpo níveo, no eran pétalos, sino sangre. Nunca hubo testigos.