Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
Nuestra pieza “no vale nada”,
pero a su balcón mezquino
a parcelas verdecidas,
le puse dos sillas blancas:
Una por ti, otra por mí, mi amor.
Plástico confort barato,
descanso de nuestras ansias
emulando regios tronos
de tiesa alcurnia 'estirada'.
Bueno es, al reunirnos,
calmos departir en ellas
y hasta divisar alegres
a través del ventanal
abierto a toda quimera,
el tristemente musgoso,
edificado horizonte
de arquitectura grisácea.
Sórdido y comparativo
contra frente de esta vida
ricamente estructurada
en este barrio porteño;
punto de sobrevivencia
de dos penas redimidas
reposando en sillas blancas.
Cuando abordo este edificio,
antiguo y bello ‘navío’
de apariencia descuidada,
en una de ellas, te encuentro:
Compañera, amante, amiga.
Vistes para mí con gala
tradicional y sincera.
¿Tu sentimiento? ¡A favor!
¿Derrotero? ¡La esperanza!
Justo el propósito humilde
de mi corazón honesto,
motivo de sillas blancas
puestas en bajel balcón
con la luna por timón
proa a íntimas nostalgias:
Mis dos viejitos queridos
y tu inolvidable hijo:
Brisas, caricias al alma.
Suelo hallar, gracias a ti,
en atento florerito,
tus jazmines domingueros
de bondadosa fragancia.
Buen aroma en la cocina,
la bebida bien helada,
y al final, final quimérico
surcando el fin de semana;
con oleaje enfatizado
de achispadas pretensiones
por la costa de la noche
rompiendo a la madrugada
y una botella aguardando
sin ningún mensaje, pues,
como nos la bebimos,
somos náufragos a gusto
en nuestra isla de sábanas;
aquí, en la humilde, humilde,
y por tanto más querida,
pieza de amor alquilada.
Si supieras cómo añoro
cuando ya no estás conmigo;
por ti, por mí, por desérticas,
por franca necesidad,
poblar esas sillas blancas…
No quiero que me atormente
el dolor de no tenerte
sino hasta el fin de semana.
Ni que acose mis oídos
cuando me tiendo sin ti,
el lujurioso pedido
que me susurra tu almohada.
Ni en lastimero reproche
de rechinante sollozo,
afligida por tu ausencia,
oír la pieza decirse:
“Sin los dos, ¡no valgo nada!”
...
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