El Cielo de Octubre
Poeta asiduo al portal
Te mereces tener un color, que sea tuyo,
que le pongas el nombre que te dé la gana
y lo uses a diario
para pintarte el cuerpo con él.
Te mereces cada bostezo que te brinda tu ciudad
y te mereces madrugar, robarle el canto al gallo,
mereces tanto que no sé por dónde empezar
Al nacer,
comencé a respirar el aire más puro que podáis soñar,
y crecí alimentándome de vómitos con letras sobre documentos Word,
poemas que me ayudaban a construir murallas para mi corazón,
un refugio en donde el niño que se llama Pablo, y que se apellida Aznar
siempre podía guardar bajo llave un color, que era el suyo.
Pintaba hojas en blanco con él, y le puso el nombre de Octubre.
Cuando eres niño tienes tiempo, y tú, te mereces eso,
te mereces que los relojes de arena no formen playas
en donde vayas a envejecer entre canas y arrugas ¡No!
que a ti eso no te ocurra,
te mereces la inocencia de un corazón que aprende a bailar
sobre la yema de los dedos de un niño.
(Y ese niño no sabe pintar.)
Te mereces tener un color, y mereces mucho más
mientras el mundo se olvida de ti cada vez que abres la ventana
y dejas escapar un aliento, tu respiración, vida.
Sueño demasiado y no escribo lo suficiente
en este lugar de lecturas rápidas
y gente que no tiene tiempo ni para desearte los buenos días.
Tú te los mereces,
tú te mereces más.
Quiero darte lo que veo, aunque sea por poco tiempo,
te leo, te escribo, me acerco y te pido que por favor
detengas las horas durante un instante. Relájate.
Confía en mí. Escucha.
Yo te escribo,
y tú me lees en voz alta siguiendo con tus minúsculos ojos puros
cada palabra que baila con la siguiente.
Tú te mereces también ese baile.
Pero despacio, guarda lo que ves un poco más,
no dejes que la arena se vaya cayendo de entre tus manos
como si pudieras agacharte y recogerla después.
Vive.
Las ventanas se quedaron abiertas después de que voláramos por ellas
hacia un mundo de prisa e incertidumbre, de futuro y jornadas laborales,
vamos remando despacio hasta la orilla
mientras nos olvidamos de lo que queríamos
y nos convertimos en lo que somos,
personas que piensan que aprovechar el tiempo es crecer deprisa,
trabajo estable de chaqueta y camisa,
cuando yo solo he dado 23 vueltas alrededor del sol.
¡Vida, mira como crezco!
Yo quiero más y al igual que tú,
me lo merezco.
Me lo merezco porque no pinto corazones con sangre en lavabos de bares putrefactos,
porque mis cicatrices tienen forma de vocales, forma tienen también de consonantes,
todas dibujadas de un color que sólo es mío.
De ese color tengo el corazón,
y de ese color es este 30 de noviembre que quiere escuchar aquello
que mi sangre hoy respira a través de estas letras que yo aquí escribo,
y tú lees.
¿Lo ves? Solo nos escuchan las calles de esta ciudad,
con sus bostezos y con su madrugar,
con su gente que sueña con elevarse sobre los edificios ardiendo
pero en cambio se ven enterrados en algún lugar bajo el suelo.
Respira, tú que aún puedes,
te mereces respirar porque cada aliento que das en este mundo
es un segundo más cerca que estás del final.
Te mereces respirar porque cada vez que tomas aire te estás alejando
de aquella playa que llaman pasado,
y que ves cada vez más lejos,
que cada vez ves menos.
Pinta el color de tu barca.
Pinta el color de tu cielo.
que le pongas el nombre que te dé la gana
y lo uses a diario
para pintarte el cuerpo con él.
Te mereces cada bostezo que te brinda tu ciudad
y te mereces madrugar, robarle el canto al gallo,
mereces tanto que no sé por dónde empezar
Al nacer,
comencé a respirar el aire más puro que podáis soñar,
y crecí alimentándome de vómitos con letras sobre documentos Word,
poemas que me ayudaban a construir murallas para mi corazón,
un refugio en donde el niño que se llama Pablo, y que se apellida Aznar
siempre podía guardar bajo llave un color, que era el suyo.
Pintaba hojas en blanco con él, y le puso el nombre de Octubre.
Cuando eres niño tienes tiempo, y tú, te mereces eso,
te mereces que los relojes de arena no formen playas
en donde vayas a envejecer entre canas y arrugas ¡No!
que a ti eso no te ocurra,
te mereces la inocencia de un corazón que aprende a bailar
sobre la yema de los dedos de un niño.
(Y ese niño no sabe pintar.)
Te mereces tener un color, y mereces mucho más
mientras el mundo se olvida de ti cada vez que abres la ventana
y dejas escapar un aliento, tu respiración, vida.
Sueño demasiado y no escribo lo suficiente
en este lugar de lecturas rápidas
y gente que no tiene tiempo ni para desearte los buenos días.
Tú te los mereces,
tú te mereces más.
Quiero darte lo que veo, aunque sea por poco tiempo,
te leo, te escribo, me acerco y te pido que por favor
detengas las horas durante un instante. Relájate.
Confía en mí. Escucha.
Yo te escribo,
y tú me lees en voz alta siguiendo con tus minúsculos ojos puros
cada palabra que baila con la siguiente.
Tú te mereces también ese baile.
Pero despacio, guarda lo que ves un poco más,
no dejes que la arena se vaya cayendo de entre tus manos
como si pudieras agacharte y recogerla después.
Vive.
Las ventanas se quedaron abiertas después de que voláramos por ellas
hacia un mundo de prisa e incertidumbre, de futuro y jornadas laborales,
vamos remando despacio hasta la orilla
mientras nos olvidamos de lo que queríamos
y nos convertimos en lo que somos,
personas que piensan que aprovechar el tiempo es crecer deprisa,
trabajo estable de chaqueta y camisa,
cuando yo solo he dado 23 vueltas alrededor del sol.
¡Vida, mira como crezco!
Yo quiero más y al igual que tú,
me lo merezco.
Me lo merezco porque no pinto corazones con sangre en lavabos de bares putrefactos,
porque mis cicatrices tienen forma de vocales, forma tienen también de consonantes,
todas dibujadas de un color que sólo es mío.
De ese color tengo el corazón,
y de ese color es este 30 de noviembre que quiere escuchar aquello
que mi sangre hoy respira a través de estas letras que yo aquí escribo,
y tú lees.
¿Lo ves? Solo nos escuchan las calles de esta ciudad,
con sus bostezos y con su madrugar,
con su gente que sueña con elevarse sobre los edificios ardiendo
pero en cambio se ven enterrados en algún lugar bajo el suelo.
Respira, tú que aún puedes,
te mereces respirar porque cada aliento que das en este mundo
es un segundo más cerca que estás del final.
Te mereces respirar porque cada vez que tomas aire te estás alejando
de aquella playa que llaman pasado,
y que ves cada vez más lejos,
que cada vez ves menos.
Pinta el color de tu barca.
Pinta el color de tu cielo.