Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Con toscas puntadas remiendo mi costado,
pero la paja me revienta por donde no sabes.
Te digo que no quiero provocar un incendio,
pero a veces sí quiero, con urgencia diabólica.
Y tú también, no lo niegues.
No porque el fuego todo lo purifique,
sino por el gusto inquisidor de contemplar
la fácil digestión de las llamas
como quien mira los ojos de una serpiente.
Son ocasiones en que somos el sitio
de todos los accidentes,
a veinte por hora y con cinturón abrochado,
pero el mundo imaginario
dentro de nuestra cáscara
explota como un huevo podrido
que no detiene el curso de ningún astro
por más que aletee la mariposa del caos.
Te sabes el árbol, pero al bosque solo lo sueñas.
Si no miras al espejo, tu rostro regresa
a reflejarse en la pura intención de la nada.
Por eso cualquiera que nos mire y diga te miro
tiene el poder de atarnos a su constatación
por el temor a que cierre los ojos.
Y cuando todos los ojos se cierran,
menos los tuyos —o los míos—, lo que observamos
se llama muerte porque no tiene nombre.
Habrá que quemar la muerte,
pero no antes de quemar la vida
hasta que las sombras nos bailen en el fuego mismo
para que el infierno del olvido
nos sepa a unas merecidas vacaciones
de tanta memoria,
y no esto de quemarnos en humo blanco
de incensario
donde ya somos indiferenciables
de nuestras cenizas.
pero la paja me revienta por donde no sabes.
Te digo que no quiero provocar un incendio,
pero a veces sí quiero, con urgencia diabólica.
Y tú también, no lo niegues.
No porque el fuego todo lo purifique,
sino por el gusto inquisidor de contemplar
la fácil digestión de las llamas
como quien mira los ojos de una serpiente.
Son ocasiones en que somos el sitio
de todos los accidentes,
a veinte por hora y con cinturón abrochado,
pero el mundo imaginario
dentro de nuestra cáscara
explota como un huevo podrido
que no detiene el curso de ningún astro
por más que aletee la mariposa del caos.
Te sabes el árbol, pero al bosque solo lo sueñas.
Si no miras al espejo, tu rostro regresa
a reflejarse en la pura intención de la nada.
Por eso cualquiera que nos mire y diga te miro
tiene el poder de atarnos a su constatación
por el temor a que cierre los ojos.
Y cuando todos los ojos se cierran,
menos los tuyos —o los míos—, lo que observamos
se llama muerte porque no tiene nombre.
Habrá que quemar la muerte,
pero no antes de quemar la vida
hasta que las sombras nos bailen en el fuego mismo
para que el infierno del olvido
nos sepa a unas merecidas vacaciones
de tanta memoria,
y no esto de quemarnos en humo blanco
de incensario
donde ya somos indiferenciables
de nuestras cenizas.
12 de abril de 2026