Miguel Arturo
Poeta recién llegado
Silencio:
ella se atormenta bajo la urdimbre
mientras él penetra las milpas,
ambos bajo la sombra
de la confusión más abyecta
de las copas de los árboles.
No conocen la mentira,
no viven ceñidos a la sombra,
no hay melancolía, no hay tristeza;
sólo hambre,
gritos silenciados
por el viento.
Ambos se hallan lejos
del tumulto viperino
manado de los medios
que difunden su ausencia.
No hablan, no protestan;
no les difunden, no les escuchan.
Son a veces un montón
de sombras iracundas
que anhelan la inestabilidad
lograda desde los palacios.
La mujer se halla ahí,
sumisa y obediente,
aunada a las labores sempiternas
que la encadenaron
hace apenas quince años atrás.
Y algo cíclico anida
en los granos del maíz;
algo que no comprende
y no pretende comprender.
Sólo pretende vivir
sin pensar por un momento
en el fin de sus suspiros.
Han perdido la cuenta de los días,
su vida no se hace distinguir
de las vida de las piedras.
Nadie revira,
nadie percibe la pobreza
pues ha sido ocultada
y negada para todas
las mentes enlutadas.
La monotonía ha hecho de ella
un par de manos sucias,
que no temen al sueño
de la sanidad.
Nada sucede en el corazón de las montañas,
son tan sólo las voces
de sucios agitadores,
aleves enemigos del porvenir.
Ambos caminan y respiran
sin certeza ni preocupación;
sólo caminan.
Y hay algo que no comprenden,
ni pretenden comprender.
ella se atormenta bajo la urdimbre
mientras él penetra las milpas,
ambos bajo la sombra
de la confusión más abyecta
de las copas de los árboles.
No conocen la mentira,
no viven ceñidos a la sombra,
no hay melancolía, no hay tristeza;
sólo hambre,
gritos silenciados
por el viento.
Ambos se hallan lejos
del tumulto viperino
manado de los medios
que difunden su ausencia.
No hablan, no protestan;
no les difunden, no les escuchan.
Son a veces un montón
de sombras iracundas
que anhelan la inestabilidad
lograda desde los palacios.
La mujer se halla ahí,
sumisa y obediente,
aunada a las labores sempiternas
que la encadenaron
hace apenas quince años atrás.
Y algo cíclico anida
en los granos del maíz;
algo que no comprende
y no pretende comprender.
Sólo pretende vivir
sin pensar por un momento
en el fin de sus suspiros.
Han perdido la cuenta de los días,
su vida no se hace distinguir
de las vida de las piedras.
Nadie revira,
nadie percibe la pobreza
pues ha sido ocultada
y negada para todas
las mentes enlutadas.
La monotonía ha hecho de ella
un par de manos sucias,
que no temen al sueño
de la sanidad.
Nada sucede en el corazón de las montañas,
son tan sólo las voces
de sucios agitadores,
aleves enemigos del porvenir.
Ambos caminan y respiran
sin certeza ni preocupación;
sólo caminan.
Y hay algo que no comprenden,
ni pretenden comprender.