Leonardo Vinci
Poeta recién llegado
AHORA
Ahora dormís. No voy a mentir, no recorren elfos abstraídos tu figura quieta, ni te andan ángeles encima ni nada. Hay como una bolsa de profundo silencio y nosotros dentro. Hay un dulce olor a cuerpo de mujer dormido gravitando en el frío estático. A contraluz, sos un recuerdo de Alhambra, una maja de espaldas desnuda y oscura, un alcázar inconquistable. Dormís como un garabato, como un pichón negro caído entre varas de grafito que se dieron muerte sobre una tela nocturna. Es cierto, hay tanto silencio y tanto frío que no me dejan recordar. Entonces escribo, sobre tu hombro redondo y quieto, como un satélite escribo: Era una mujer temblando bajo el tendón del amor. Una mujer reverberando su dimensión en lo oscuro, horadando el propio cadmio de su rostro hasta la luz. Sus ojos apretados encarnaban dos líneas en el vacío, dos látigos mágicos en las estepas, dos cicatrices imborrables. Era una mujer que amamantaba en la penumbra, o trocaba en incandescencia el frío de la noche, o enlazaba las infancias o giraba los halos que las precedían, daba igual. Sobre tu hombro quieto escribo, sobre tu hombro que duerme como probablemente ahora lo haga, escribo, no en un papel sino en la memoria. Y entonces ocurrís al descuido, como un disparate a sucintos trazos en un girar de cabeza o estornudo. Y siempre me pasa que cuando te inscribo en la memoria no puedo saber después de qué lado estás; podría invocar al Olimpo entero y de nada serviría, cómo saber si fuiste o no. Y me digo, esto que te dormís, que te me dormís en las manos, en cualquier parte y momento como el cacharro que se enfría lento en la cocina a oscuras. Entonces imagino la enjuta mirada de dios, no sé, sólo la imagino; sus ojos sobre la enjundiosa muerte de un guerrero cayendo a tierra de cualquier manera menos de rodillas. Y me digo, vos que te dormís en la cornisa negruzca de la luna y en el pretil de la ventana como frío, te dormís extendida sin embargo, a lo largo de la insobornable sombra que proyecta el lápiz inerte sobre la mesa.
Ahora dormís. No voy a mentir, no recorren elfos abstraídos tu figura quieta, ni te andan ángeles encima ni nada. Hay como una bolsa de profundo silencio y nosotros dentro. Hay un dulce olor a cuerpo de mujer dormido gravitando en el frío estático. A contraluz, sos un recuerdo de Alhambra, una maja de espaldas desnuda y oscura, un alcázar inconquistable. Dormís como un garabato, como un pichón negro caído entre varas de grafito que se dieron muerte sobre una tela nocturna. Es cierto, hay tanto silencio y tanto frío que no me dejan recordar. Entonces escribo, sobre tu hombro redondo y quieto, como un satélite escribo: Era una mujer temblando bajo el tendón del amor. Una mujer reverberando su dimensión en lo oscuro, horadando el propio cadmio de su rostro hasta la luz. Sus ojos apretados encarnaban dos líneas en el vacío, dos látigos mágicos en las estepas, dos cicatrices imborrables. Era una mujer que amamantaba en la penumbra, o trocaba en incandescencia el frío de la noche, o enlazaba las infancias o giraba los halos que las precedían, daba igual. Sobre tu hombro quieto escribo, sobre tu hombro que duerme como probablemente ahora lo haga, escribo, no en un papel sino en la memoria. Y entonces ocurrís al descuido, como un disparate a sucintos trazos en un girar de cabeza o estornudo. Y siempre me pasa que cuando te inscribo en la memoria no puedo saber después de qué lado estás; podría invocar al Olimpo entero y de nada serviría, cómo saber si fuiste o no. Y me digo, esto que te dormís, que te me dormís en las manos, en cualquier parte y momento como el cacharro que se enfría lento en la cocina a oscuras. Entonces imagino la enjuta mirada de dios, no sé, sólo la imagino; sus ojos sobre la enjundiosa muerte de un guerrero cayendo a tierra de cualquier manera menos de rodillas. Y me digo, vos que te dormís en la cornisa negruzca de la luna y en el pretil de la ventana como frío, te dormís extendida sin embargo, a lo largo de la insobornable sombra que proyecta el lápiz inerte sobre la mesa.
