Syd Carlyle
Poeta recién llegado
Se vuelve dorado el sueño del lobo,
y su aullido enmudece el lejano pueblo.
La noche gira en remolinos sombríos,
suaves, fríos y azulados por el viento,
y la pálida tierra duerme casi tiritando.
Los pinos son monstruos al claro de luna,
que, con sus alas, cubiertas de negra pluma,
bostezan cansados tras los tejados castaños.
Brillan las estrellas, los ojos de plata maldita,
y su luz, resplandeciendo clara en el arroyo,
revela los rostros de los querubines ciegos.
El fantasma ha tocado la cruz.
La bruja ha encendido la vela.
Ha llegado la dama eterna.
Ha llegado.
Ha llegado ya...
El azul cristalino se ilumina de blanco,
y, dulcemente, con calma y paz, se acerca,
con las manos reposando en sus costados,
y se me presenta, en su pureza,
el espíritu de la noche eterna.
Ha llegado y me ha puesto un dedo en los labios.
y su aullido enmudece el lejano pueblo.
La noche gira en remolinos sombríos,
suaves, fríos y azulados por el viento,
y la pálida tierra duerme casi tiritando.
Los pinos son monstruos al claro de luna,
que, con sus alas, cubiertas de negra pluma,
bostezan cansados tras los tejados castaños.
Brillan las estrellas, los ojos de plata maldita,
y su luz, resplandeciendo clara en el arroyo,
revela los rostros de los querubines ciegos.
El fantasma ha tocado la cruz.
La bruja ha encendido la vela.
Ha llegado la dama eterna.
Ha llegado.
Ha llegado ya...
El azul cristalino se ilumina de blanco,
y, dulcemente, con calma y paz, se acerca,
con las manos reposando en sus costados,
y se me presenta, en su pureza,
el espíritu de la noche eterna.
Ha llegado y me ha puesto un dedo en los labios.
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